“Mejor que no se enteren demasiado…”

Existe la creencia entre los adultos de que hay ciertos temas que mejor no abordar demasiado con los más pequeños de la casa. Suelen ser aquellos asuntos relacionados con aspectos de la vida que en mayor o menor medida todos vamos a experimentar en algún momento de nuestra existencia pero de los que cuesta mucho hablar: el sexo, la enfermedad, la pérdida,…, y en el número uno del ranking de las más peliagudas…, la MUERTE…, como no… De ella es que la que me gustaría hoy hablar y de la importancia de ser “mostrada” también a las criaturas pequeñas, sobre todo en estos tiempos de pandemia.

Se cree que la muerte es un materia que los niños y niñas “no entienden…, ¿para qué explicarles…?” o “mejor que no se enteren demasiado…”, en un intento de esconder e incluso distorsionar la realidad creyendo que así podemos protegerlos. Pero protegerlos…, ¿de qué…, de la vida misma? Ésta es la cuestión clave. Porque al final la muerte no deja de ser la otra cara de la vida. Dos elementos en continua comunicación. No existen dicotomías porque la una sin la otra no tienen ningún sentido.

Y es que en realidad queremos protegerlos de ese otro gran tabú de nuestra sociedad que agrupa la aflicción, la pena, el desconsuelo, la tristeza…, y que no es otra cosa que el DOLOR: una de las “asignatura trascendentales” más importantes y pendientes de nuestra cotidianidad, ya que nos empeñamos en alejarlo de nosotros como si de un apestado se tratara. Y sin embargo, ¡cuánto protagonismo tiene en nuestro propio devenir y cuántas veces en nuestra existencia viviremos una experiencia relacionada con el mismo en forma de duelo y pérdida…!

La muerte es el hecho más universal y natural que existe, y el más claro: todos nos vamos a morir en algún momento y todos vamos a vivir la pérdida de algún ser querido. Junto con lo irreversible del acontecimiento que encierra el fin de una existencia, la universalidad de la muerte la sitúa como el principal motivo sobre el cual circulan las grandes preguntas que desde hace siglos la humanidad se viene haciendo y que pocas de ellas tienen una respuesta fácil, si es que tienen respuesta…

Por tanto, si consideramos la muerte como uno de los componentes más comunes y fundamentales de nuestro día a día, ¿cómo evitar tratarla con nuestros hijos e hijas, con los alumnos y alumnas de los colegios e institutos, con los más pequeños de la casa,… si inevitablemente en algún momento van a vivirla en primera persona? Educar en la muerte y en la finitud, a pesar de no estar nunca del todo preparados para experimentarla, es esencial a la hora de reconocer los sentimientos que engloba la pérdida de algo o alguien muy querido y para desarrollar los recursos que nos permitan vivir los duelos de una forma lo más saludable posible. Generalmente detrás de muchas enfermedades de hoy en día relacionadas con la ansiedad u otros trastornos mentales como puede ser la depresión, existen duelos cronificados, no contemplados ni tratados o mal resueltos.

A lo largo de la historia, los niños y niñas han convivido con la muerte de forma natural. Ha formado parte de su existencia y de su entorno más próximo, y la han experimentado como cualquier otro factor intrínseco a la vida. Sin embargo en los últimos tiempos, la creencia de que es mejor no hablar sobre la misma y decidir alejarla de los más pequeños responde en realidad a nuestra incapacidad como adultos de contemplarla de manera normalizada debido a nuestros propios miedos y nuestros propios prejuicios. Es nuestro propio dolor el que nos limita a la hora de afrontar este tema con los más pequeños y el que nos impide darnos cuenta que compartir nuestras inquietudes, miedos, tristezas y desalientos ofreciendo también espacios para que ellos puedan expresarse, facilita enormemente que los duelos se desarrollen de forma saludable.

Desde que nacemos, las ganas de experimentar y la motivación por explorar el mundo que nos rodea son los motores que hacen que una criatura se desarrolle de forma integral, evolucionando en sus capacidades, cada vez más complejas. Esa curiosidad por la vida también la tienen por la muerte, y son muchas las preguntas que se plantean en su mundo de fantasía con respecto a la misma, sobre todo en aquellas situaciones donde pueden estar viviendo algún tipo de pérdida en la familia y necesitan contextualizar y dar un lugar a lo que está sucediendo. De alguna manera u otra intuyen y tienen una experiencia previa respecto a los procesos de finitud. Como ejemplo, en muchos de los juegos simbólicos que realizan desde bien pequeños, la muerte aparece como elemento protagonista: “el lobo que viene a comerme”, “yo te salvo del monstruo que nos quiere llevar”… Negarles, distorsionar o quererles esconder la realidad de, por ejemplo, la pérdida de un ser querido, no hará más que complicar la percepción que el niño o la niña pueda tener sobre la misma, dejándoles solos ante formas de pensamiento poco claras e incluso angustiantes.

Como cualquier otro aprendizaje, la construcción del concepto de muerte para una criatura está en continua evolución, y resulta muy importante tener en cuenta su edad y su momento madurativo, ya que en cada etapa de desarrollo sus preguntas, conocimientos previos y vivencias respecto a la misma son diferentes. Incluso los bebes pueden vivenciar una situación de duelo y pérdida que esté sucediendo en la familia debido a que son tremendamente sensibles a los cambios de rutinas y muy perceptivos a la hora de notar fluctuaciones en los estados de ánimos que puedan estar experimentando sus adultos de referencia más cercanos. No podemos obviar la gran capacidad de adaptación que tienen los niños y las niñas a los cambios, asi como de asimilación de acontecimientos adversos, pero siempre y cuando exista un acompañamiento del adulto que les permita poder sacar sus propias emociones sin censura, poder plantear las dudas y los miedos que puedan estar experimentando sin sentir que existe un tabú al respecto y que pueden hablar sobre la muerte con total libertad.

Explicar la muerte a una criatura no es fácil. A veces se recurren a eufemismos o metáforas que pueden ser demasiado abstractas o simbólicas para conceptualizar y dar un contexto al fallecimiento de un ser querido según la edad evolutiva del niño o niña. Las creencias religiosas o espirituales de cada famila son muy respetables e importantes que se compartan si así se vive en cada contexto familiar, pero no nos hemos de olvidar de ser muy claros a la hora de enfocar la muerte en su dimensión más física, donde elementos como la universalidad y la irreversibilidad de los que hablábamos en párrafos anteriores son esenciales a la hora de hablar de los procesos de morir. Hemos de tener en cuenta que en ciertas edades las explicaciones se entienden de manera totalmente literal.

También a cierta edad resulta tremendamente beneficioso permitirles participar en los rituales de despedida que se realizan cuando muere un ser querido siempre que quieran, anticipándoles debidamente en qué consisten y cómo se desarrollarán: ir al velatorio, al entierro, escribir una carta conjunta para aquella persona tan especial que ya no van a ver más… Todas estas acciones les ofrece la oportunidad de poder dar un lugar a la pérdida que estan viviendo. Dejándoles formar parte de las mismas es una manera de reconocer que ellos también tienen derecho a decir adiós a aquel familiar o amigo que ha sido parte de su vida y cuyo fallecimiento también resulta doloroso.

Proteger la infancia de la muerte ocultándola o alterando la realidad como maneras de afrontar el dolor, o mejor dicho, de no afrontarlo, da lugar a que este padecer sea aún más pesado y árduo de llevar. Si realmente queremos proteger a las criaturas, hemos de ayudarles a entender la finitud como un elemento natural más de la vida y a poder expresarse emcionalmente ante una pérdida. Para elaborar el duelo es necesario acompañarles en ese proceso que significa transformar el dolor en aceptación, encontrando maneras de poder sacar todo ese amor contenido por la persona fallecida en forma de rituales que contribuyan a sanar las heridas emocionales que deja la muerte.