Mi ombligo

Mi ombligo es esa costura en el centro del cuerpo en forma de pozo sin fondo. Un pequeño agujero por el que resbalo a través de historias de vida. Historias de mi vida. Una profundidad que alberga el eco de una geografía humana que resuena en mí como escarcha de lágrimas contenidas y sueños rotos. Es la memoria aturdida de todo aquello que fue y todo lo que está por llegar.

Mi ombligo recuerda la voz de los que se fueron y el silencio de los recuerdos que nunca se contaron. Es ese lugar que me habla de hombres y mujeres que buscaban los huesos de su espalda mientras apretaban los dientes aguantando la rabia. Es la huella de un pasado marcado por la dignidad del hambre en el puchero, por la dicha del mendrugo de pan duro, por la soledad en tiempos de guerra y el mutismo de gargantas que quieren gritar.

Mi ombligo me habla de brújulas que señalan el norte, de casas vacías y maletas llenas. De corazones desterrados y pañuelos agitándose en el aire. Del movimiento que supone el “adiós” y la incertidumbre del “qué será…”. Es el espacio de la ausencia, de la pena contenida. Una geometría de vientres doloridos que como el mío quedaron huérfanos del latido que anuncia que otra vida viene en camino. De canciones de cuna que se lleva el viento, de brazos desiertos y ojos enrojecidos por aquellas otras criaturas que finalmente no pudieron resistir.

Pero mi ombligo también es un remanso de agua pura. Es el murmullo de la libertad y de la fuerza del que mira al futuro con esperanza. Una cicatriz regada con el sudor de aquellos hombres y mujeres de mirada profunda y directa. Un universo que esconde las maneras de dejar salir el grito congelado, de romper el silencio con los puños cerrados y los vientres abonados de ternura y alegría.

Es la vida en estado puro y la muerte que duerme la siesta mientras espera su turno. Mi ombligo es el vaivén que oscila entre ambas. La bisagra que intenta medir el tiempo cuando éste se empeña en hacernos saber que en realidad no existe. Que nada es seguro, que nada es eterno… Que lo único de verdad reside en dejar resbalar las lágrimas cuando el corazón aprieta y en reír con el pulmón abierto porque merece la pena.

Y mientras tanto…, que la muerte siga durmiendo la siesta.

…com els ocellets de les Rambles…

Se mueven, se contonean, bailan y perfilan sombras al compás de un incesante pasar y pasar por las Ramblas de la ciudad. En ocasiones parecen mirar el infinito, meneando las cabezas a un lado y al otro, como buscando la forma de entender. Y en esas visiones furtivas, de vez en cuando se producen encuentros de milésimas de segundo que aparentemente pasan desapercibidos, intentando demostrar sucedáneos de indiferencia.

En el expositor de las Ramblas cada uno de ellos hace servir el plumaje más adecuado para seducir a aquella palpitación humana que no para de agitarse.

Los hay esbeltos, bellos y coloridos. Se menean gustosos, invadidos por una especie de perpetuo orgasmo que les confiere la habilidad de ocultar su tristeza.

Otros se revuelven nerviosos, en continuos movimientos involuntarios, temblando con cada gesto, con el miedo del que sabe que algo está a punto de suceder. Se pasan el tiempo respirando en esa delgada línea del “qué será”, del porvenir en estado de congelación.

Destacan aquellos que han dejado de cantar los estribillos que a todos les gustaba escuchar. Negados a rimar estrofas de forma repetitiva, ahora inventan versos anárquicos, satíricos, en un intento de reinventar la poética, de romper con las disonancias de las canciones que hablan del “esto es lo que hay”.

Junto a ellos, en incesantes aproximaciones, se sitúa la otra parte del coro con un plumaje a rayas, los que afinan y desafinan simultáneamente. Y entre todos, un orfeón musical que espera impaciente el ON AIR de su letrero luminoso.

Llama la atención la otra cenefa del expositor. Es la zona del mutismo, del lugar de donde desaparecieron los espasmos de la lucidez. Se cuenta que todos los que están allá olvidaron el olvido, como una especie de alzhéimer a la inversa, en un estado de acumulación racional desbordada.

Y finalmente los recién llegados, los que tapan huecos, los que rellenan vacíos. Reconocen la incertidumbre mientras observan al que tienen al lado por medio de infinitos “bis a bises” de imitación.

La tarde llega y las baldosas parecen reducirse con la marea de sombras que se mueven, se contonean y bailan en un incesante pasar y pasar por las Ramblas de la ciudad: un grupo de alemanes adornados con sombreros mejicanos, la viejecita que cruza con el carro de la compra hacia el Carrer Hospital, las cervezas a un euro de un pakistaní, los amantes que esperan en la Font de Canaletes, el mimo que hace prácticas de artista vestido de John Wayne, la niña que lo mira con los ojos clavados intentando hacer canasta de cinco céntimos en una caja de cartón, los flashes de las cámaras de fotos,…

Miles de historias de un paisaje urbano, de un escaparate humano que se desvanece justo en el momento en que se cierran las puertas del quiosco dels ocellets de les Rambles. Son imágenes que se clavan en las retinas de los animalillos que ponen banda sonora a ese curioso devenir de almas mezcladas sin sentido.

El tiempo transcurre tranquilo encerrado en una jaula, rodeado de flemáticos barrotes que impiden la perseverancia de lo imprevisible. Lo ajeno es aún más extraño cuanta más pequeña es la celda, y la vida se reduce al simple acto de fe en un sistema biológico que parece funcionar sin problemas.

Els ocellets de les Rambles contemplan serenos el vaivén de formas que pasan por delante del quiosco. A menudo dejan asomar sus picos en sucesivas tentativas de capturar bocanadas de aire, como si éste fuera un precioso regalo que no puede atravesar los hierros de su prisión.

Y cuando por fin lo consiguen, levantan la cabeza, despliegan sus alas y piensan en lo felices que serían si sus jaulas fueran como las jaulas en donde viven todos aquellos que pasan constantemente por delante de sus miradas: con las puertas abiertas por si algún día se les ocurriera echar a volar.

Historia 2: Nueva aventura

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Cuando volvió a buscar la bicicleta le costó reconocer su contorno escondida entre tanta bolsa de viaje y mochila a medio hacer. No entendía cómo había llegado todo aquello allí. Giró la cabeza hacia ambos lados en busca de alguna otra mirada menos perpleja que pudiera explicarle tal visual.

Tras unos segundos de desconcierto, sonrió, estiró el nudo de su corbata hasta que ésta cedió despegándose del cuello, y dejándola caer al suelo, se aproximó lentamente hacia su nueva vida.

Las diosas no menstrúan

Cuando una diosa nace, el universo congela su expansión para dedicarle unos segundos exclusivos a darle la bienvenida. En ese momento, los anhelos, las tristezas, los deseos, la armonía, los alivios y las esperas se alinean en una única órbita, resolviendo el tiempo en un vértice eterno, casi imperceptible, que riega la piel de la divinidad y la dota de sabiduría, belleza y conciencia.

Después de esos segundos, los relojes del mundo inician el vertiginoso devenir del péndulo, el cosmos reanuda su esparcimiento y la diosa busca entre las estrellas un espejo donde poder mirarse. Se arregla el cabello removido por el viento, se toca la cara buscando las líneas del rostro sonrojado por el parto, y en el vientre, un murmullo de olas marinas se mezcla con la luz del sol que empieza a abrir el amanecer. Sonríe y se ve bonita, bailando con el reflejo de su figura que respira en cada uno de los compases que sus movimientos improvisa.

La diosa se crece con la suerte de sus caderas y la turgencia de sus pechos. Sabe que en cada trocito de cielo hay un pequeño recodo en donde descansar, y así, repasando las texturas del espacio, se queda dormida con las manos entrelazadas, acurrucada entre raíces de espliego y flores de azahar.

Pero un día, no se sabe muy bien por qué, la diosa se abandona y se pierde entre las nublas de sus propios letargos, entregándose al olvido de sí misma. No reconoce el reflejo de su cuerpo en el espejo, y se pregunta quién será esa mujer que la mira desde el otro lado. Y en ese mismo instante, la imagen de la dama que clava su mirada en la mirada de la deidad, se vuelve dándole la espalda y dirigiendo su contemplación hacia el interior de la lámina de cristal.

La dama del espejo llora porque ha perdido los pétalos de rosa que resbalaban por sus muslos cuando la luna le sonreía, y así, de espaldas al mundo, observa atenta la profundidad oscura que se difumina ante sus ojos esperando que en cualquier momento sus entrañas le hablen en lenguajes pueriles y arrullos de nanas.

Se enfada con el satélite que parece dar vueltas alrededor de ella sin apenas darse cuenta de su presencia. Quizá la musa blanca se olvidó de seguir bautizándola a partir de la primera vez que la dama del espejo sintió la llegada de su manto brillante.

Tal vez, en uno de sus viajes alrededor de la tierra, la luna descuidó adornar con pétalos de rosa los vientres de todas aquellas que por entonces soñaban con sostener los llantos de los recién llegados al mundo.

Si así había ocurrido, ¡cuántas mujeres se quedaron sin los sollozos de la vida que acaba de explotar! Quién sabe si las lágrimas de la dama del espejo son también los lamentos de los que no encuentran unos brazos que los envuelvan cuando comienzan a sentir las primeras bocanadas de aire.

Mientras la dama del espejo empieza a percibir la llegada del sueño que anestesia su desconsuelo, el mar salado que fluía de sus ojos se transforma en un enorme cristal. Y allí, al otro lado del cristal, vislumbra la imagen divina de una fémina que se arregla el cabello removido por el viento, se toca la cara buscando las líneas del rostro sonrojado como si acabara de nacer y el rumor de su abdomen recuerda el murmullo de las olas marinas en el momento en que empieza a amanecer.

Dicen que cuando la mirada de una diosa se clava en la mirada de su imagen reflejada en un espejo, en ocasiones pierde la memoria durante unos segundos, los mismos segundos que el universo necesita para congelar su expansión y darle la bienvenida al mundo.

Porque en ese imperceptible intervalo de tiempo, la luna descansa de su viaje alrededor de la tierra para abrazar a la diosa y contener sus sollozos cuando las primeras bocanadas de aire inundan su pecho. Y en ese mismo instante, las mujeres de la tierra que esperan ser bautizadas con su manto brillante, escuchan una canción entre ensueños que dice:

Duerme mi niña del cielo, duerme mi dulce destello, que si esta noche te abraza la luna, es porque las diosas no menstrúan”

Historia 1: Los ombligos del mundo

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La playa está tranquila y el atardecer se deja acunar por las olas del mar. El sol se va despidiendo renunciando poco a poco a la estela luminosa que rasga la arena. Y a lo lejos, un niño camina lentamente con la mirada fija en la orilla.

Su cuerpo desnudo descubre la imperfección de un vientre sin marca, como si la carencia de la cicatriz que atestigua su llegada al mundo jamás hubiese sabido de heridas umbilicales. Con la nostalgia del recuerdo del primer llanto, el niño busca entre la espuma del océano la señal de su naufragio. Sabe que en el fondo del mar están todos los ombligos de aquellos que llegaron sin sollozar, y entre ellos, el suyo le espera conteniendo las lágrimas que necesita para estremecer su garganta en un grito de dolor.

La Madriguera

El hueco parece pequeño pero lo suficientemente flexible como para poder pasar. Penetro en las profundidades de aquella especie de cavidad que se abre hacia el exterior. El mismo camino en dos direcciones: hacia adentro o hacia afuera. Mis ojos intuyen un refugio al final del mismo, un resguardo con olor a incienso, ramas secas y fuego medio dormido. El calor me acaricia la piel y respiro hondo.

Por fin en casa. Por fin en la madriguera…