Espacios de cuidado

Nacemos “dependientes” y envejecemos en muchísimos casos también necesitando que nos ayuden. Seguramente ya en algún momento de nuestra vida hemos requerido que nos cuiden, que nos acojan, que nos den seguridad y que nos protejan. Porque al final la fortaleza del ser humano se mide de alguna manera también teniendo en cuenta su fragilidad, y es imposible ocultar  “…que has pasado sin tropezar…” como decía el gran Antonio Vega en su “Lucha de Gigantes”. Así que, entre tropiezo y tropiezo, siempre va bien  contar con refuerzos en el caso de necesitarlos.

En los últimos años se viene hablando desde diferentes ámbitos de un nuevo término que hace referencia a un cambio de paradigma social y cultural, y que responde al nombre de “La Sociedad de los Cuidados”. Es un modelo de sociedad que pone el acento en el mismo acto de “cuidar”, situando en el epicentro del entorno público a la mismísima vulnerabilidad humana como elemento clave en ese proceso de “humanizar” diferentes contextos, desde la política hasta las mismas personas de manera individual.

Humanizar significa llenar de vida. Significa dignificar la diversidad: las diferentes formas en que se desarrolla esa vida, atendiendo sus necesidades y situando su bienestar como finalidad primera. En definitiva, la “Sociedad de los Cuidados” nos habla de un urgente cambio de mentalidad en el que todos puedan tener las mismas oportunidades de desarrollarse de manera integral, y en el que la “corresponsabilidad” sea uno de los valores esenciales.

Y dentro de este entramado de cambios y retos sociales, a mi me gusta señalar la existencia de cada vez más “Espacios de Cuidado” que responden a esa necesidad de acoger y “dar asilo” al delicado devenir de cada individuo. Son lugares de encuentro, cada cual especializado en un tema concreto, que recoge el interés de aquellxs que asisten y desean compartir miedos, dudas e incertidumbres. No existen recetas mágicas para combatir esos temores o inseguridades. Simplemente el mismo acto de poder expresar lo que uno está viviendo y darse cuenta que hay más seres que están pasando por experiencias similares, ayuda a romper el aislamiento, sobretodo emocional, en el que en ocasiones viven y se encuentran atrapados. Se trata de romper el silencio sobre ciertos temas de los que nos hemos acostumbrado a hablar poco, bien porque son asuntos que nos hacen daño, bien porque creemos que no vale la pena, o porque son verdaderos tabúes en esta sociedad hedonista en la que vivimos.

Entre los diferentes Espacios de Cuidado que nos podemos encontrar, son ya habituales los llamados “Círculos de Mujeres”: lugares habilitados para la confluencia de diferentes sentires y emociones, generalmente de grupos de mujeres, ya sea de manera física o de forma online, muchos de ellos relacionados con la manera en que se vive la experiencia corporal femenina y su repercusión en la vida social, cultural y personal. Temas como la menstruación, el embarazo, la perspectiva y rol de género, el sexo, la maternidad, la menopausia,…, son algunas de la infinidad de materias que se pueden tratar en estos espacios de encuentro. De igual modo, cada vez son más los también llamados “Círculos de Hombres” en los que el trabajo de organización y contextualización de las llamadas “nuevas masculinidades” se centran en romper con ese estereotipo del “hombre fuerte que no llora, cabeza de familia” y habla de otras formas de vivir la masculinidad de una manera más sana, más acorde con la realidad y más igualitaria.

Otros espacios que a mi personalmente me encantan, son aquellos en donde la gente mayor se junta para realizar diferentes actividades, en muchas ocasiones, transformándose en espacios intergeneracionales: lugares de encuentro entre nietxs y abuelxs, senderismo,  talleres para aprender el uso de la tecnología,… Estas actividades en verdad son la excusa para poder compartir, entre otras cosas, sus vivencias respecto al proceso de envejecer. Y uno de los fenómenos sociales que se empieza a contemplar en el ámbito de la tercera edad en nuestro país, pero que viene pisando fuerte desde los años 70 en los países nórdicos, es el llamado “cohousing”: un modelo de convivencia en comunidad autogestionado, donde la gente mayor decide las estructuras de uso común, las de uso privado y los servicios que quieren y necesitan para tener una vida mejor y más saludable. Es una manera de compartir sus últimos años dentro de una comunidad donde todxs son corresponsables y se apoyan mutuamente.

Y en ese apoyo que se produce de forma recíproca, la expresión “GAM” también está tomando protagonismo en estos últimos tiempos: los Grupos de Ayuda Mutua. En general, estos grupos se forman para tratar algún tipo de duelo o pérdida, y pueden ser específicos de temas concretos: familias que han pasado por la terrible experiencia de perder un hijx, personas que están cuidando de otras personas, generalmente parientes más o menos cercanos, que están pasando por algún tipo de enfermedad, los mismos enfermxs que necesitan compartir su experiencia con quiénes están pasando por situaciones similares, hombres y mujeres que viven algún tipo de adicción… La diversidad de los GAMs es infinita, y cada vez son más necesarios para poder vivir estos procesos emocionales tan intensos de una forma más calmada y con la sensación de sentirse cuidado. Son realmente terapéuticos.

Sin ir más lejos, en nuestro pueblo se ha organizado un Espacio de Acompañamiento en la Crianza, otro de esos “nichos” que en ocasiones pasa desapercibido pero que cuando se plantea, genera verdadero interés. Surge como forma de dar soporte a la acción educativa y social que conlleva la crianza de los más pequeñxs por parte de sus adultos referentes más cercanos y que se encargan de sus cuidados. Se traduce como un lugar de encuentro que acoge a las familias con toda la carga emocional que supone la maternidad y la paternidad, desde las experiencias vividas de una forma más favorable hasta aquellas que pueden producir inseguridad y angustia. Es un espacio para compartir entre profesionales, familiares y criaturas, fomentando relaciones vinculares positivas y haciendo competentes en su labor de crianza a los educadores principales que generalmente son las madres y los padres. También está abierto a otras personas de referencia de las criaturas como los abuelxs, tíxs,…, u otros referentes que puedan ser importantes en el día a día de los más pequeñxs. Es un lugar íntimo y de confianza, sin juicios, que respeta todos los elementos diversos que conforman las diferentes formas de crianza y de acompañamiento de las criaturas. Elementos que pueden contener características culturales diversas, intergeneracionales o de concepción en cuanto a la manera de contemplar los cuidados.

Ojalá cada vez sean más los espacios para cuidar, acoger, dar seguridad y proteger. Espacios en donde desnudarnos con nuestra fragilidad, dejarla al descubierto…, sin necesidad de ocultar que somos seres vulnerables.

Espacio de Acompañamiento en la Crianza

Con muchísima ilusión comenzamos en Robledo, Albacete, un proyecto dirigido a familias con criaturas entre los 0 y los 2 años de edad en forma de “Espacio de Acompañamiento en la Crianza”. Un espacio dónde poder compartir aspectos relacionados sobre todo con las maternidades, paternidades y otros tipos de maternajes REALES, con sus tabús y también con sus duelos, tejiendo redes de apoyo mutuo.

ESPACIO DE ACOMPAÑAMIENTO EN LA CRIANZA

“Mejor que no se enteren demasiado…”

Existe la creencia entre los adultos de que hay ciertos temas que mejor no abordar demasiado con los más pequeños de la casa. Suelen ser aquellos asuntos relacionados con aspectos de la vida que en mayor o menor medida todos vamos a experimentar en algún momento de nuestra existencia pero de los que cuesta mucho hablar: el sexo, la enfermedad, la pérdida,…, y en el número uno del ranking de las más peliagudas…, la MUERTE…, como no… De ella es que la que me gustaría hoy hablar y de la importancia de ser “mostrada” también a las criaturas pequeñas, sobre todo en estos tiempos de pandemia.

Se cree que la muerte es un materia que los niños y niñas “no entienden…, ¿para qué explicarles…?” o “mejor que no se enteren demasiado…”, en un intento de esconder e incluso distorsionar la realidad creyendo que así podemos protegerlos. Pero protegerlos…, ¿de qué…, de la vida misma? Ésta es la cuestión clave. Porque al final la muerte no deja de ser la otra cara de la vida. Dos elementos en continua comunicación. No existen dicotomías porque la una sin la otra no tienen ningún sentido.

Y es que en realidad queremos protegerlos de ese otro gran tabú de nuestra sociedad que agrupa la aflicción, la pena, el desconsuelo, la tristeza…, y que no es otra cosa que el DOLOR: una de las “asignatura trascendentales” más importantes y pendientes de nuestra cotidianidad, ya que nos empeñamos en alejarlo de nosotros como si de un apestado se tratara. Y sin embargo, ¡cuánto protagonismo tiene en nuestro propio devenir y cuántas veces en nuestra existencia viviremos una experiencia relacionada con el mismo en forma de duelo y pérdida…!

La muerte es el hecho más universal y natural que existe, y el más claro: todos nos vamos a morir en algún momento y todos vamos a vivir la pérdida de algún ser querido. Junto con lo irreversible del acontecimiento que encierra el fin de una existencia, la universalidad de la muerte la sitúa como el principal motivo sobre el cual circulan las grandes preguntas que desde hace siglos la humanidad se viene haciendo y que pocas de ellas tienen una respuesta fácil, si es que tienen respuesta…

Por tanto, si consideramos la muerte como uno de los componentes más comunes y fundamentales de nuestro día a día, ¿cómo evitar tratarla con nuestros hijos e hijas, con los alumnos y alumnas de los colegios e institutos, con los más pequeños de la casa,… si inevitablemente en algún momento van a vivirla en primera persona? Educar en la muerte y en la finitud, a pesar de no estar nunca del todo preparados para experimentarla, es esencial a la hora de reconocer los sentimientos que engloba la pérdida de algo o alguien muy querido y para desarrollar los recursos que nos permitan vivir los duelos de una forma lo más saludable posible. Generalmente detrás de muchas enfermedades de hoy en día relacionadas con la ansiedad u otros trastornos mentales como puede ser la depresión, existen duelos cronificados, no contemplados ni tratados o mal resueltos.

A lo largo de la historia, los niños y niñas han convivido con la muerte de forma natural. Ha formado parte de su existencia y de su entorno más próximo, y la han experimentado como cualquier otro factor intrínseco a la vida. Sin embargo en los últimos tiempos, la creencia de que es mejor no hablar sobre la misma y decidir alejarla de los más pequeños responde en realidad a nuestra incapacidad como adultos de contemplarla de manera normalizada debido a nuestros propios miedos y nuestros propios prejuicios. Es nuestro propio dolor el que nos limita a la hora de afrontar este tema con los más pequeños y el que nos impide darnos cuenta que compartir nuestras inquietudes, miedos, tristezas y desalientos ofreciendo también espacios para que ellos puedan expresarse, facilita enormemente que los duelos se desarrollen de forma saludable.

Desde que nacemos, las ganas de experimentar y la motivación por explorar el mundo que nos rodea son los motores que hacen que una criatura se desarrolle de forma integral, evolucionando en sus capacidades, cada vez más complejas. Esa curiosidad por la vida también la tienen por la muerte, y son muchas las preguntas que se plantean en su mundo de fantasía con respecto a la misma, sobre todo en aquellas situaciones donde pueden estar viviendo algún tipo de pérdida en la familia y necesitan contextualizar y dar un lugar a lo que está sucediendo. De alguna manera u otra intuyen y tienen una experiencia previa respecto a los procesos de finitud. Como ejemplo, en muchos de los juegos simbólicos que realizan desde bien pequeños, la muerte aparece como elemento protagonista: “el lobo que viene a comerme”, “yo te salvo del monstruo que nos quiere llevar”… Negarles, distorsionar o quererles esconder la realidad de, por ejemplo, la pérdida de un ser querido, no hará más que complicar la percepción que el niño o la niña pueda tener sobre la misma, dejándoles solos ante formas de pensamiento poco claras e incluso angustiantes.

Como cualquier otro aprendizaje, la construcción del concepto de muerte para una criatura está en continua evolución, y resulta muy importante tener en cuenta su edad y su momento madurativo, ya que en cada etapa de desarrollo sus preguntas, conocimientos previos y vivencias respecto a la misma son diferentes. Incluso los bebes pueden vivenciar una situación de duelo y pérdida que esté sucediendo en la familia debido a que son tremendamente sensibles a los cambios de rutinas y muy perceptivos a la hora de notar fluctuaciones en los estados de ánimos que puedan estar experimentando sus adultos de referencia más cercanos. No podemos obviar la gran capacidad de adaptación que tienen los niños y las niñas a los cambios, asi como de asimilación de acontecimientos adversos, pero siempre y cuando exista un acompañamiento del adulto que les permita poder sacar sus propias emociones sin censura, poder plantear las dudas y los miedos que puedan estar experimentando sin sentir que existe un tabú al respecto y que pueden hablar sobre la muerte con total libertad.

Explicar la muerte a una criatura no es fácil. A veces se recurren a eufemismos o metáforas que pueden ser demasiado abstractas o simbólicas para conceptualizar y dar un contexto al fallecimiento de un ser querido según la edad evolutiva del niño o niña. Las creencias religiosas o espirituales de cada famila son muy respetables e importantes que se compartan si así se vive en cada contexto familiar, pero no nos hemos de olvidar de ser muy claros a la hora de enfocar la muerte en su dimensión más física, donde elementos como la universalidad y la irreversibilidad de los que hablábamos en párrafos anteriores son esenciales a la hora de hablar de los procesos de morir. Hemos de tener en cuenta que en ciertas edades las explicaciones se entienden de manera totalmente literal.

También a cierta edad resulta tremendamente beneficioso permitirles participar en los rituales de despedida que se realizan cuando muere un ser querido siempre que quieran, anticipándoles debidamente en qué consisten y cómo se desarrollarán: ir al velatorio, al entierro, escribir una carta conjunta para aquella persona tan especial que ya no van a ver más… Todas estas acciones les ofrece la oportunidad de poder dar un lugar a la pérdida que estan viviendo. Dejándoles formar parte de las mismas es una manera de reconocer que ellos también tienen derecho a decir adiós a aquel familiar o amigo que ha sido parte de su vida y cuyo fallecimiento también resulta doloroso.

Proteger la infancia de la muerte ocultándola o alterando la realidad como maneras de afrontar el dolor, o mejor dicho, de no afrontarlo, da lugar a que este padecer sea aún más pesado y árduo de llevar. Si realmente queremos proteger a las criaturas, hemos de ayudarles a entender la finitud como un elemento natural más de la vida y a poder expresarse emcionalmente ante una pérdida. Para elaborar el duelo es necesario acompañarles en ese proceso que significa transformar el dolor en aceptación, encontrando maneras de poder sacar todo ese amor contenido por la persona fallecida en forma de rituales que contribuyan a sanar las heridas emocionales que deja la muerte.

De encierros, criaturas y escuelas por abrir

Uno de los debates que más noticias ha generado justo en estas últimas semanas, es aquel originado por las declaraciones que hacía la Ministra de Educación, Isabel Celaá, sobre la conveniencia de abrir las escuelas infantiles en la fase 2, en pro de la conciliación familiar para aquellos niños y niñas de 0 a 6 años cuyos padres trabajaran y no pudieran hacerse cargo de su cuidado. A partir de ahí no ha habido ni un sólo día donde las manifestaciones de miembros de la comunidad educativa, pediátrica, de asociaciones familiares, políticos,…, se hayan dejado oír en los medios de comunicación.

Por lo que parece, muchas de las comunidades autónomas han rehusado llevar a cabo esta decisión debido a la falta de protocolos sanitarios que puedan respaldar unas medidas básicas que garanticen la seguridad tanto de las criaturas, como de sus familias y profesionales de la educación frente al COVID-19. Sin embargo, todavía hay quien se plantea abrir escuelas para finales de mayo o principios de junio.

Pero más allá de argumentaciones y razonamientos centrados en una visión sanitaria de la situación (por supuesto, visión importantísima en estos tiempos que estamos viviendo) lo que de nuevo se manifiesta tristemente con este tipo de decisiones, son dos elementos muy preocupantes para muchos de los que trabajamos en el ámbito de la pequeña infancia y que venimos denunciando desde hace tiempo: por un lado el desconocimiento total de una etapa educativa que contempla el primer y segundo ciclo de la Educación Infantil (de 0 a 3 años y de 3 a 6 años respectivamente), y por el otro, el mal entendido concepto de “conciliación familiar” y la respuesta que la escuela pública ha de tener respecto a la misma.

Empecemos por la primera. En los años que llevo trabajando como educadora de una Escuela Infantil con criaturas de cero a tres años, todavía me sorprendo cuando  gestores de la administración o políticos al mando toman según qué tipo de medidas respecto a la implementación de modelos pedagógicos y formas de atención socioeducativa, la mayoría de veces siguiendo criterios totalmente alejados de la realidad. Por supuesto no esperaba demasiado en estos tiempos de crisis sanitaria, de confinamiento y de consecuencias económicas que estamos sufriendo. Porque las preguntas que me gustaría hacerles ahora, justo en estos momentos, son interminables. Son las preguntas de siempre pero ahora con carácter de urgencia: ¿Sabéis lo que es una criatura de cero a tres años, o de tres a seis? ¿Conocéis cuáles son sus necesidades más básicas? ¿Sois conscientes de lo importante y esencial que es para su desarrollo integral todo el sistema de vinculación que se genera por el contacto corporal y la relación con el otro? ¿Entendéis que para una criatura de estas edades, la interacción con el entorno más próximo y el juego como medios de aprendizaje son los componentes claves para poder comprender su realidad y relacionarse con ella?

Un criatura de cero a seis años necesita correr, saltar, manipular con diferentes objetos y texturas, conocer los límites propios y los del otro a través de juego y el contacto corporal; requiere de atenciones que tienen que ver con el acoger en brazos, con dar y recibir caricias, con curar heridas cuando se hacen daño… Necesita sentir la presencia del adulto en todas sus dimensiones, y muy importante a través de los gestos y la palabra. Para los más pequeños (que se pasan el día llevándoselo todo a la boca como forma de experimentación y descubrimiento) son esenciales los momentos de rutina que tienen que ver con la alimentación, el sueño, el cambio de pañal o el control de esfínteres, acompañándoles de forma personalizada en este tipo de situaciones asistenciales, pero sobre todo educativas. En definitiva, una criatura de cero a seis años siente y aprende a través del cuerpo en interrelación constante con el ambiente natural y social en el que se encuentra y con los vínculos que genera con los adultos que le cuidan y que le dan seguridad y afecto.

Entonces, señores que toman decisiones, ¿me podéis explicar cómo puedo aproximarme a un bebe o a una criatura pequeña con una mascarilla y transformarme en una “educadora sin rostro” con la que será difícil comunicar emociones y afectos? ¿Alguien me puede decir cómo se siente uno cuando le tocan con unos guantes que ocultan la calidez de unas manos que te consuelan? ¿O cuándo se vuelve a esta “nueva normalidad”, después de más de dos meses encerrados en casa, y los adultos que te rodean van tan ocultos que es imposible saber qué están expresando? ¿Cómo serán las barreras y límites arquitectónicos y corporales que se van a poner en marcha para garantizar la seguridad entre las criaturas pequeñas, entre ellas y sus cuidadoras/es, y entre cuidadoras/es y familias? En definitiva, ¿sabéis como narices puedo guardar el “distanciamiento social” y las medidas de higiene y desinfección con criaturas de cero a tres años, o de tres a seis?

No nos olvidemos cómo la Organización Mundial de la Salud define éste término: “La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Les hemos dicho a los más pequeños que debían de estar confinados en casa porque “fuera hay un bichito llamado coronavirus que puede ser peligroso y es importante cuidarnos entre todos”, mientras de forma directa o indirecta les llegan las noticias del día a día nada consoladoras y sienten la preocupación y el cansancio de los que conviven con ellos en el hogar.  Y ahora, de golpe, les mandamos a una escuela que ya no es la escuela que conocían y que todo es aséptico e impersonal. Creo que no es difícil de imaginar lo que puede suponer esto para una criatura pequeña.

Con todo ello no quiero que se me malinterprete: estoy deseando que se abran las escuelas de todo el país. Para los profesionales de la educación, una escuela cerrada es como un jardín sin flores. Y para aquellos que además ejercemos en la educación pública, somos muy conscientes de lo importante que es la función social que ésta ejerce respecto a la igualdad de oportunidades que la escuela supone y fomenta, sobre todo para aquellas familias más vulnerables y que son las que más están pagando las consecuencias de esta crisis.  Pero deseo que los centros educativos se abran en unas condiciones que no solo garanticen la higiene y la desinfección, sino también el bienestar emocional y psicológico de las comunidades educativas al completo, y sobre todo de los más pequeños de los cuales somos responsables. No se puede abogar por una “reactivación económica” utilizando la escuela como componente clave para una conciliación familiar cuando al mismo tiempo se corre el peligro de estar vulnerando derechos básicos de la infancia en forma de lo que ya algunos profesionales denominan “micro–maltratos” si se abren escuelas con los criterios de “distanciamiento social” que se quieren implementar en Educación Infantil.

Y este es el segundo elemento a tener en cuenta y del cual hablaba en párrafos anteriores: la mal entendida conciliación familiar. Desde hace años estamos viendo como la escuela se ha convertido casi exclusivamente en la principal institución social que da respuesta a las necesidades de las familias que han de trabajar. En los últimos tiempos ha habido una proliferación de centros infantiles con jornadas escolares cada vez más extensas y un sinfín de actividades extraescolares que responden a una también mal entendida “flexibilización horaria”. Flexibilización que, en el ámbito de la Educación Infantil que ahora nos ocupa, hace que criaturas pequeñas, de cero a seis años, estén en las escuelas a veces incluso más horas que sus progenitores en sus respectivos puestos de trabajo.

Existe una definición bastante completa que refiere la conciliación personal, familiar y laboral como “la participación equilibrada entre mujeres y hombres en la vida familiar y en el mercado de trabajo, conseguida a través de la reestructuración y reorganización de los sistemas laboral, educativo y de recursos sociales, con el fin de introducir la igualdad de oportunidades en el empleo, variar los roles y estereotipos tradicionales, y cubrir las necesidades de atención y cuidado a personas dependientes”. Por tanto, es importante que la escuela sea un medio de conciliación familiar, pero también que por un lado el ámbito empresarial a través de la flexibilización horaria, y por otro las instituciones sociales con más y mejores ayudas, asistan y apoyen a las familias en esa búsqueda de la armonía entre lo personal y lo profesional que a veces supone verdaderos malabarismos. Y más ahora que, con la pandemia, nuestra salud mental y física y la de los más pequeños está en juego.

Durante todas estas semanas de confinamiento, hemos sido testigos de las grandes competencias que madres y padres tienen respecto al cuidado de sus hijas e hijos: se han convertido en animadores y animadoras socioculturales, maestras y maestros, monitores de tiempo libre,…, y todo esto, en una gran mayoría de los casos, sin dejar sus obligaciones laborales, teletrabajando desde casa, en ocasiones, a horas intempestivas.

Señores que toman decisiones: creo que todas estas familias se merecen que los expertos en sanidad y educación, políticos y gestores de la administración, nos pongamos de acuerdo y empecemos a trabajar en protocolos adaptados a las necesidades “reales” de cada etapa educativa, para que en septiembre, si es posible, podamos abrir nuestras escuelas garantizando la salud y el bienestar físico, psicológico y emocional de grandes y pequeños. Y mientras tanto, busquemos la manera de ayudarlas con nuevas fórmulas de conciliación familiar que les permita poder armonizar su vida laboral, familiar y personal, ahora que “fuera hay un bichito llamado coronavirus que puede ser peligroso y es importante cuidarnos entre todos”.

El poder de la vulnerabilidad

Últimamente tengo la extraña impresión de estar viviendo en una especie de realidad distópica. Me imagino que está sensación la está experimentando la mayoría de personas que están sufriendo la crisis del COVID 19. Si hace unos meses nos hubieran explicado lo que está sucediendo en estos momentos, creo que nadie se lo hubiera tomado en serio. De hecho a principios de año, China parecía muy lejos…

Nadie se hubiera tomado en serio que tendríamos que estar meses encerrados en casa. Nos hubiéramos puesto las manos en la cabeza si nos hubieran dicho que los guantes y las mascarillas comenzarían a estar tan solicitadas y que empezarían a formar parte de nuestra indumentaria. Habríamos alucinado si nos hubieran hablado de calles vacías y avenida solitarias al más puro “Abre los ojos” de Amenábar, cuando Eduardo Noriega recorría la Gran Vía de Madrid totalmente desierta.

Pero sobre todo quién hubiera pensado que de golpe, de un día para otro, nuestros lazos emocionales más cercanos e importantes se hayan visto alterados hasta el punto de poner barreras a esos vínculos afectivos que son esenciales para nuestra seguridad y supervivencia: amigos y familias enteras separadas por el ya tristemente asumido “distanciamiento social”. Yo jamás me lo hubiera tomado en serio.

Y es que la vida nos ha obligado a asomarnos a nuestros propios abismos ante la amenaza de un ser microscópico que viene “coronado” y del que poco se sabe todavía. Abismos que no son otra cosa que el reflejo de una de las características que más nos definen como seres humanos: la vulnerabilidad. Nos hemos visto abocados a girar la mirada hacia aquella parte de nuestra existencia de la que, en condiciones normales, nos empeñamos en huir como si no quisiéramos dar señales de debilidad, sobre todo en esta sociedad occidental de la cual formamos parte.

La fragilidad humana se ha hecho evidente en nuestros hospitales y residencias de mayores. Se ha vuelto consciencia cuando nos hemos dado cuenta del dolor que supone la imposibilidad de dar un abrazo a aquel que se está muriendo mientras éste siente sus manos acogidas en las manos de aquellos que lo llorarán cuando emprenda ese último viaje que es la muerte. Incluso nos ha enfrentado a los miedos de un ego que se ha empeñado en creer que somos seres inmortales y que ahora mira la propia finitud como una de las verdades más universales de la vida.

La vulnerabilidad nos habla del temor a un presente sin muchas certezas y a un futuro que no sabemos qué rumbo tomará. Nos cuenta que la soledad, si no es elegida, es una condena que dilata el tiempo en una prolongación que la hace casi insufrible. Y que las calles sin criaturas son simples elementos arquitectónicos sin alma y sin sonrisas.

Al fin y al cabo, el dolor por la pérdida de lo que hasta ahora conocíamos como nuestro entorno más próximo y en el que nos sentíamos cómodos y protegidos, ha hecho emerger una enorme diversidad de duelos a los que tendremos que mirar de frente si queremos aceptar la nueva realidad con la que el mundo seguirá rodando.

Junto con el “Resistiré” del Dúo Dinámico, que se ha convertido en himno nacional en tiempos de coronavirus, el “Cuando todo esto pase…” es la frase que tiñe de esperanza esa suerte de fragilidad que ha desbordado la supuesta “normalidad” en la que vivíamos. Porque la segunda parte de esta frase hace referencia a las cosas más sencillas que creíamos seguras y que ahora nos faltan como el aire que respiramos: “Cuando todo esto pase…, me tomaré una cerveza con mi mejor amigo…, iré a ver a mis padres…, me bañaré en la playa…, pasaré más tiempo con mis hijos…”

Y es que por otro lado se ha abierto la veda a una lucidez mental en donde la utopía comienza a ser urgente gracias al poder de la vulnerabilidad: apremia la búsqueda de alternativas a la explotación desmedida de los recursos del planeta; resulta esencial plantear una sociedad en donde los “cuidados” sean el epicentro del desarrollo integral de todos los que forman parte de una comunidad; urge tomar medidas frente al despropósito de un individualismo que ha ido creciendo en los últimos años, y sobre todo, por primera vez desde hace mucho tiempo, nos hemos dado cuenta que la vida nos une por unos vínculos invisibles que nos igualan y nos dicen que todos vamos en el mismo barco, y que si no remamos juntos, en cualquier momento nos podemos hundir.

Es por eso que agradezco la insólita llegada de la vulnerabilidad a nuestras vidas por ocupar los balcones de aplausos cada día a las ocho de la tarde, por llenar las pantallas de nuestros móviles y nuestras tablets de “Os echo de menos…”, por empañar los ojos de lágrimas cuando somos conscientes que necesitamos al otro, por empezar a aceptar que la muerte forma parte de la vida, y que al igual que cuando nacemos, nadie se merece morir sólo sin los abrazos de los que te quieren…

Y más allá, quiero reconocer la gran labor de la fragilidad por obligarnos a repensar los principios que han de regir la dignidad humana, por poner sobre la mesa la necesidad de reconstruirnos como sociedad, por recordarnos que la desmemoria nos ha mantenido en una especie de anestesia emocional y por convertirse en nuestra tabla de salvación si queremos salir de ésta.

Espero humildemente que a partir de ahora seamos cada vez más los que reivindiquemos la vulnerabilidad como el motor de una nueva mirada; como la clave en este cambio de paradigma que estamos viviendo y que entre todos tendremos que implementar.

Bocanadas de Aire

En los edificios altos,

en las calles cortas,

en las salas de parto,

en las noches sordas.

Un te quiero aislado,

la flor del asfalto,

un niño riendo,

el circo en el pueblo.

En las piernas que empujan

a la tierra que habla,

en los amores libres,

en la vejez del alba.

En los silencios rotos,

en el ruido que calla,

la madre que llora,

el hijo la abraza.

Recuerdos que juzgan

historias que ignoran,

la manta en tu pecho

y un grito en el cielo.

El recién llegado al mundo,

se despide el moribundo,

y en todas partes,

bocanadas de aire.

 

Historia 3: Libre

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El despertador sonó puntualmente a las seis y veinte de la mañana. Con los ojos medio cerrados, acertó a encender la luz, incorporarse de la cama, ducharse, vestirse y desayunar cronometrando el tiempo justo que le quedaba para tomar el autobús que le llevaría otro día más a la oficina.

En el rellano de la escalera, y con las llaves a punto de cerrar la puerta, se dio cuenta que ésta había desaparecido. Ahora sus ojos se abrieron de par en par mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Volteando sus manos comprobó las manchas de barniz marrón y un sinfín de carcajadas inundaron su garganta. No había sido un sueño.

El cuento del túnel

Cuando era pequeña, siempre le pedía a mi madre que me contará el mismo cuento antes de irme a dormir: “El cuento del túnel”. Mi madre explicaba que todos, absolutamente todos los seres humanos llegan a la tierra atravesando un túnel, y que al final del mismo siempre se puede ver una luz intensa y penetrante. Una luz maravillosa que ciega la mirada de aquellos que han andado entre las tinieblas, y que por eso, los recién nacidos naufragan en el mundo llorando.

Mi madre decía que los bebés lloran porque al sentirse iluminados entienden que por fin han llegado a buen término, y que tanta tensión acumulada por el camino se desvanece y pueden respirar en paz. El túnel es sólo un lugar de paso. Una travesía necesaria que todo ser humano ha de transitar para conocer los secretos de su propia vitalidad, de la energía que esconde los misterios más profundos del universo. Un túnel que termina alojando en su olvido y del que ya no vuelve a tener constancia hasta que no retorna a él en el momento en que se despide del mundo, de nuevo para volver a encontrarse con la luz. En esa ocasión, son los demás los que lloran, porque no pueden acompañarlo en el viaje. Era entonces cuando mi madre me miraba fijamente, contemplándome con una extrema dulzura y acababa el cuento diciéndome: “Porque hija mía, hay cosas en la vida que una sólo puede hacerlas sola. Por eso confía en que siempre hay luz al final de cualquier camino”.

De esta manera me dormía cada noche, y durante mucho tiempo soñé que avanzaba a través de un túnel oscuro, casi imperceptible a los ojos. Las paredes eran frías y en ocasiones parecía como si se dilataran en movimientos que encogían y ensanchaban la senda a seguir, pero hacia adelante, invariablemente hacia adelante. Sin embargo siempre, al final de la galería, ahí estaba esperándome: una luz extraordinaria, sorprendente y descomunal. Era entonces cuando empezaba a llorar, sonreía y mis músculos descansaban tranquilos. Por fin estaba segura.

Ahora es mi hijo quién me pide que le explique el cuento del túnel, “sí mama, aquel que te contaba la yaya”. Y yo no sé por dónde empezar…

Porque a mi madre se le olvidó decirme que el túnel no es igual para todos. Que para muchos, es difícil ver la luz al final del mismo. Que transitarlo puede ser una verdadera pesadilla, y que incluso una vez recién llegados al mundo, puede ser que no distingan la diferencia entre estar dentro y estar fuera. Que nacer es un puro accidente, y el lugar de destino, simplemente una cuestión de suerte.

A mi madre se le olvidó decirme que la luz empieza a ser un bien escaso para gran parte de los seres humanos, y que enfrentarse a los desatinos de la vida puede ser realmente complicado si lo has de hacer sólo, sin nadie que te ayude. Que vivir no debería depender de cuan largo y profundo es el túnel que nos toca recorrer a cada uno, sino de la capacidad que tenemos todos de iluminar los túneles de los demás, y cómo los demás pueden iluminar los nuestros.

Yo no sé cómo explicarle a mi hijo que nacer y morir se ha convertido para muchos en una distancia de tiempo que pesa demasiado. No sé cómo explicarle que a veces estamos tan cegados con nuestra propia luz que no somos capaces de ver la oscuridad en la que viven otros, sin darnos cuenta que esa oscuridad también es la nuestra.

Por eso, cuando le explico “El cuento del túnel” a mi hijo, me gustaría decirle mirándolo fijamente a los ojos con extrema dulzura como hacía mi madre, que los túneles desaparecen cuando al otro lado hay alguien capaz de llorar con las mismas lágrimas con las que lloramos cuando nos despedimos de alguien a quién queremos mucho, o con las mismas con las que él lloró cuando llegó al mundo.

Y que siempre, siempre, hay alguien dispuesto a dar luz.

Mi ombligo

Mi ombligo es esa costura en el centro del cuerpo en forma de pozo sin fondo. Un pequeño agujero por el que resbalo a través de historias de vida. Historias de mi vida. Una profundidad que alberga el eco de una geografía humana que resuena en mí como escarcha de lágrimas contenidas y sueños rotos. Es la memoria aturdida de todo aquello que fue y todo lo que está por llegar.

Mi ombligo recuerda la voz de los que se fueron y el silencio de los recuerdos que nunca se contaron. Es ese lugar que me habla de hombres y mujeres que buscaban los huesos de su espalda mientras apretaban los dientes aguantando la rabia. Es la huella de un pasado marcado por la dignidad del hambre en el puchero, por la dicha del mendrugo de pan duro, por la soledad en tiempos de guerra y el mutismo de gargantas que quieren gritar.

Mi ombligo me habla de brújulas que señalan el norte, de casas vacías y maletas llenas. De corazones desterrados y pañuelos agitándose en el aire. Del movimiento que supone el “adiós” y la incertidumbre del “qué será…”. Es el espacio de la ausencia, de la pena contenida. Una geometría de vientres doloridos que como el mío quedaron huérfanos del latido que anuncia que otra vida viene en camino. De canciones de cuna que se lleva el viento, de brazos desiertos y ojos enrojecidos por aquellas otras criaturas que finalmente no pudieron resistir.

Pero mi ombligo también es un remanso de agua pura. Es el murmullo de la libertad y de la fuerza del que mira al futuro con esperanza. Una cicatriz regada con el sudor de aquellos hombres y mujeres de mirada profunda y directa. Un universo que esconde las maneras de dejar salir el grito congelado, de romper el silencio con los puños cerrados y los vientres abonados de ternura y alegría.

Es la vida en estado puro y la muerte que duerme la siesta mientras espera su turno. Mi ombligo es el vaivén que oscila entre ambas. La bisagra que intenta medir el tiempo cuando éste se empeña en hacernos saber que en realidad no existe. Que nada es seguro, que nada es eterno… Que lo único de verdad reside en dejar resbalar las lágrimas cuando el corazón aprieta y en reír con el pulmón abierto porque merece la pena.

Y mientras tanto…, que la muerte siga durmiendo la siesta.

…com els ocellets de les Rambles…

Se mueven, se contonean, bailan y perfilan sombras al compás de un incesante pasar y pasar por las Ramblas de la ciudad. En ocasiones parecen mirar el infinito, meneando las cabezas a un lado y al otro, como buscando la forma de entender. Y en esas visiones furtivas, de vez en cuando se producen encuentros de milésimas de segundo que aparentemente pasan desapercibidos, intentando demostrar sucedáneos de indiferencia.

En el expositor de las Ramblas cada uno de ellos hace servir el plumaje más adecuado para seducir a aquella palpitación humana que no para de agitarse.

Los hay esbeltos, bellos y coloridos. Se menean gustosos, invadidos por una especie de perpetuo orgasmo que les confiere la habilidad de ocultar su tristeza.

Otros se revuelven nerviosos, en continuos movimientos involuntarios, temblando con cada gesto, con el miedo del que sabe que algo está a punto de suceder. Se pasan el tiempo respirando en esa delgada línea del “qué será”, del porvenir en estado de congelación.

Destacan aquellos que han dejado de cantar los estribillos que a todos les gustaba escuchar. Negados a rimar estrofas de forma repetitiva, ahora inventan versos anárquicos, satíricos, en un intento de reinventar la poética, de romper con las disonancias de las canciones que hablan del “esto es lo que hay”.

Junto a ellos, en incesantes aproximaciones, se sitúa la otra parte del coro con un plumaje a rayas, los que afinan y desafinan simultáneamente. Y entre todos, un orfeón musical que espera impaciente el ON AIR de su letrero luminoso.

Llama la atención la otra cenefa del expositor. Es la zona del mutismo, del lugar de donde desaparecieron los espasmos de la lucidez. Se cuenta que todos los que están allá olvidaron el olvido, como una especie de alzhéimer a la inversa, en un estado de acumulación racional desbordada.

Y finalmente los recién llegados, los que tapan huecos, los que rellenan vacíos. Reconocen la incertidumbre mientras observan al que tienen al lado por medio de infinitos “bis a bises” de imitación.

La tarde llega y las baldosas parecen reducirse con la marea de sombras que se mueven, se contonean y bailan en un incesante pasar y pasar por las Ramblas de la ciudad: un grupo de alemanes adornados con sombreros mejicanos, la viejecita que cruza con el carro de la compra hacia el Carrer Hospital, las cervezas a un euro de un pakistaní, los amantes que esperan en la Font de Canaletes, el mimo que hace prácticas de artista vestido de John Wayne, la niña que lo mira con los ojos clavados intentando hacer canasta de cinco céntimos en una caja de cartón, los flashes de las cámaras de fotos,…

Miles de historias de un paisaje urbano, de un escaparate humano que se desvanece justo en el momento en que se cierran las puertas del quiosco dels ocellets de les Rambles. Son imágenes que se clavan en las retinas de los animalillos que ponen banda sonora a ese curioso devenir de almas mezcladas sin sentido.

El tiempo transcurre tranquilo encerrado en una jaula, rodeado de flemáticos barrotes que impiden la perseverancia de lo imprevisible. Lo ajeno es aún más extraño cuanta más pequeña es la celda, y la vida se reduce al simple acto de fe en un sistema biológico que parece funcionar sin problemas.

Els ocellets de les Rambles contemplan serenos el vaivén de formas que pasan por delante del quiosco. A menudo dejan asomar sus picos en sucesivas tentativas de capturar bocanadas de aire, como si éste fuera un precioso regalo que no puede atravesar los hierros de su prisión.

Y cuando por fin lo consiguen, levantan la cabeza, despliegan sus alas y piensan en lo felices que serían si sus jaulas fueran como las jaulas en donde viven todos aquellos que pasan constantemente por delante de sus miradas: con las puertas abiertas por si algún día se les ocurriera echar a volar.