Aprendiendo a mecer estrellas

Existe una manera de realizar el rol de madre o padre que desafortunadamente pasa totalmente desapercibida. Pasa inadvertida entre la diversidad cultural que supone el ejercicio de vincularse y cuidar, en este caso, a esos seres diminutos que vienen a ser nuestras hijas y nuestros hijos. Son esas maternidades o paternidades que han aprendido a desplegar todas sus capacidades respecto a la tarea de proteger y arropar de una forma que jamás habían imaginado: meciendo estrellas.

Resulta una ardua tarea esto de aprender a “mecer estrellas”, porque requiere enfrentarse, primero de todo, a un proceso de duelo que comporta asimilar el dolor de la pérdida de algo muy querido. Y en segundo lugar, supone caminar por una montaña rusa de emociones, algunas encontradas, otras contradictorias, hasta aceptar que la vida a veces toma rumbos inesperados y que una no siempre está preparada a hacer frente a sus vaivenes. Y en cualquier caso, “mecer estrellas” es afrontar una transformación personal no elegida, de la que no puedes huir porque, sin darte cuenta, has dejado de ser la misma persona que antes de haber perdido la inocencia: aquella ingenuidad de la madre o padre que cree que sobrepasadas las doce primeras semanas de embarazo, todo va a ir bien y no hay ningún peligro.

Me refiero a esas madres o esos padres que salen del hospital con los brazos vacíos, y en el caso de ellas, con los vientres desiertos tras haber albergado vida. Unos seres destrozados tras haber escuchado esa terrible frase que reza aquello de “no hay latido”, o que ya es la cuarta o quinta vez que sufren una pérdida gestacional de primer trimestre. Destrozados porque descubren que su “boleta” padece una enfermedad “incompatible con la vida” y han de tomar una decisión, o que una infección ha provocado un parto prematuro y la criatura prácticamente no tiene posibilidades de sobrevivir. Son las madres o padres de los llamados “bebés estrellas”: aquellos que mueren antes o al poco de nacer. Para éstos últimos también existe el término “bebés mariposa”.

Sea cual sea la denominación que se les quiera poner a estos bebés, lo que está claro es que todavía no hemos conseguido poner nombre a la experiencia de haber perdido un hijo o una hija. No existe en el diccionario forma alguna de nombrar esta clase de situaciones de pérdida. Y si encima eres madre o padre de un “bebé estrella”, en muchas ocasiones ni siquiera se te reconoce como tal socialmente, porque esa criatura queda invisibilizada a los ojos del resto del mundo: no ha tenido tiempo de ser presentada en comunidad, de crear recuerdos, de tejer memoria familiar. Sin embargo, para esas madres o para esos padres, su bebé ya existía, ya se le quería, ya habitaba en sus vidas…, ya ha dejado huellas, aunque éstas sean diminutas.

El duelo por la muerte de una criatura durante el embarazo o después del parto forma parte de esos procesos de pérdida no reconocidos socialmente: son los llamados “duelos desautorizados”. Es muy común que ante este tipo de situaciones, las personas cercanas a una mujer o pareja que ha pasado por esta terrible experiencia, quieran consolar su dolor con frases bienintencionadas, pero terriblemente desafortunadas como “no pasa nada, ya tendréis otro”, “estabas de poco tiempo embarazada, ya te quedarás de nuevo”, “mejor que haya pasado ahora que no una vez hubiera nacido”, “si no ha tenido que ser por algo será”… E incluso en muchas ocasiones  ni siquiera hay palabras de consuelo y el silencio lo inunda todo: se elude la conversación y se hace ver como si nada hubiera pasado…, resulta incómodo sostener este tipo de situaciones…

El dolor que supone la llegada de la muerte cuando se está esperando vida es un verdadero temblor de tierra para quienes lo viven en primera persona. No forma parte de la lógica que nos han hecho creer en esta sociedad de mitos idílicos, entre ellos la maternidad. Nos han dicho que en algunos casos, como en estos, la muerte es “contra natura” porque no hay razón humana que justifique que un hijo o una hija se vayan antes que tú, y mucho menos que se pueda morir incluso antes de nacer… ¡Pero qué clase de despropósito es ese! Y sin embargo, sí, la muerte existe por sí misma, no necesita justificación y mucho menos una razón para actuar. Simplemente ES, sin más. No va en contra del orden natural, porque quizás sea el elemento de la naturaleza más claro y universal que existe.

Por eso nos es tan tremendamente difícil acompañar este tipo de duelos: porque se salen del entendimiento y del juicio que consideramos “normal”, y porque al final, como en cualquier proceso de pérdida de alguien conocido, nos vemos reflejados en él con nuestros propios duelos, con nuestros propios dolores, con nuestras propias pérdidas. Son, al fin y al cabo, diferentes los caminos que recorre cada cual, pero muchos los lugares comunes que compartimos.

Y qué importante es esto de ACOMPAÑAR: estar al lado, estar atento a las necesidades del otro, sin juzgar sus emociones, escuchando, si puede ser sin hablar demasiado; en esta ocasión utilizando el silencio como un elemento con el que acoger al otro sin eludir su sufrimiento, abrazando con el cuerpo y con el alma. En definitiva “estando” sin invadir, respetando los ritmos y los tiempos de cada cual, sin prisa, aceptando que, aunque queramos, no podemos ahorrar el dolor a la persona querida que tenemos delante y que lo está pasando mal. Que quizás lo que más necesite esa persona en ese momento de desconsuelo es precisamente el reconocimiento de su pena, y que unas lágrimas que no son las suyas resbalen también como forma de acompasar la tristeza y expresar que lo que está experimentando vale la pena ser llorado.

Son muchos, y cada vez más, los Grupos de Ayuda Mutua que hay por todo el territorio nacional que tratan específicamente el acompañamiento al duelo gestacional y neonatal. Cada vez son más las asociaciones y proyectos que trabajan para visibilizar la muerte perinatal en nuestro país, ya que todavía sigue siendo un gran tabú en nuestra sociedad. De hecho, el 15 de octubre es cuando se conmemora el Día internacional de la Muerte Gestacional y Neonatal, y son numerosos los actos que se celebran en esta fecha para recordar a las “estrellas” que muchos de nosotros hemos aprendido y estamos aprendiendo a mecer.

Y por eso me hace muchísima ilusión presentar en sociedad una “criatura” que justamente nació en octubre del 2020: la Red de Acompañamiento para familias y mujeres en duelo por pérdida gestacional y neonatal de Castilla-La Mancha y que lleva por nombre “Meciendo Estrellas”. La vida nos cruzó meses atrás con Rebeca, una mamá en duelo de Guadalajara, que comenzó a moverse para organizar las “II Jornadas sobre muerte gestacional y neonatal” en nuestra región, y de esta manera nos embarcamos con ella en esta aventura de intentar acompañar a aquellas personas que están viviendo procesos de pérdida por la muerte durante el embarazo o después del parto.

En Castilla-La Mancha la iniciativa ha estado muy bien acogida, y cada vez son más los “amigos” de la red (entre familias, personal sanitario del área de reproducción sexual y trabajadores/as del área de salud mental) que se están sumando a ella para crear todo un sistema de apoyo y acompañamiento, además de ofrecer formación a profesionales que de forma directa o indirecta en alguna ocasión se encuentran con casos de muerte gestacional y neonatal de quienes están viviendo este drama y han de iniciarse en esa inimaginable tarea de aprender a “mecer estrellas”.

Aquí os dejo nuestro cartel presentación:

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