Una furgoneta cargada de experiencia

Los martes y viernes mis padres van a las actividades que se realizan para la estimulación cognitiva y física dirigidas a personas mayores que se llevan a cabo en el Hogar del Jubilado de mi pueblo. No suelen faltar nunca, y cuando llega el día, ahí están a las diez de la mañana preparados para ir a realizar las rutinas que les ayuda a mantenerse más saludables, o al menos todo lo que nos permite acercarnos a aquello que reza lo de «mens sana in corpore sano…»

Es mi madre la que se encarga de recordar a mi padre que ha llegado el día de bajar a «aquello de las chicas esas tan majas, que nos hacen masajes y nos mandan deberes para trabajar la cabeza», y mi padre con su siempre «Que vamos…, ¿dónde?» y su «…pero…, ¿para qué tenemos que bajar?» refuerza los motivos que su mujer le da como contestación con una lógica aplastante: «pues precisamente para que te acuerdes de porqué vamos allí todos los martes y viernes»

Es entonces cuando, si dispongo de la furgoneta, nos montamos todos en ella junto con el pequeño que hace poco llegó a la familia y tiene apenas diez meses de vida, y el vehículo se transforma en un auténtico «Espacio de Cuidado Intergeneracional».

Mi madre se coloca al lado de la sillita del bebé y empieza a sacar del baúl de los recuerdos canciones que jamás le había escuchado cantar para entretener a su nieto que se enfada muchísimo al verse aprisionado entre los cinturones de seguridad. Y descubro que tiene una voz preciosa a pesar de la edad: «Qué quieres que te traiga que voy a Madrid, qué quieres que te traiga qué voy a Madrid…, No quiero que me traigas, qué me lleves, sí… Ay ay ay… qué me lleves, sí…» Y el pequeñajo sonríe y la mira atento en cada una de las estrofas, hasta que se da cuenta de nuevo de esos horribles arneses que lo mantienen atado y empieza a quejarse, momento que mi madre aprovecha para cambiar de melodía y provocar así un golpe de efecto con la canción que más le gusta a la criatura, a pesar de ser una de las odas más tristes que jamás he escuchado: «Ya se murió el burro, que acarreaba la vinagre, ya se fue pa’ siempre de esta vida miserable…, que tururu ru ru…» Con estos dos grandes hits conseguimos llegar a destino sin demasiados dramas.

Mientras tanto, mi padre se sitúa también detrás porque sabe que a la vuelta el asiento del copiloto lo ocupará Lola, que ahora en verano baja a las actividades dando un paseíto acompañada por alguna de sus hijas o hijos, y vuelve a casa con nosotros compartiendo espacio en esta furgoneta tan especial. Él se sienta detrás, «porque delante a la Lola le es más fácil subir, ya que por ese lado puede agarrarse mejor a la maneta de arriba, y yo con la garrota ya me puedo poner aquí al lado de la mamá». Y con una postura solemne, bastón en mano y gorra de hombre seductor, se queda esperando a que suene esa pesada alarma que hacen «estos coches inteligentes de ahora» para indicar que alguien no se ha puesto su cinturón de seguridad, dando ejemplo a su nieto de rebeldía y reforzando su opinión de que en trayectos tan cortos no hace falta. 

Llegamos a la puerta del Hogar del Jubilado. Con un poco de suerte habrán dejado la entrada abierta para que podamos pasar mientras esperamos a Pilar e Irene, «las chicas esas tan majas…». Pero desafortunadamente no es así. Y de nuevo hemos de aguardar a que alguien venga a abrirnos. Es entonces cuando de pronto aparece Pili, la vecina de enfrente, «sí, papá, ¿no te acuerdas?, la Pili, la hija de la Faustina y el Hilario…» cargada de sillas que va sacando de su comedor, una por cada uno de los asistentes a las actividades, para hacer que la espera no corra a cuenta de las piernas y rodillas octogenarias que empiezan a tener problemas para mantenerse mucho tiempo en pie. Bendita presencia la de Pili y sus preciosas sillas de pura sabina de la tierra. Mil gracias…

Ya llegan Pilar e Irene. Vienen en su coche acompañadas de Rosario a la que pasan a recoger por la Vivienda de Mayores para que no tenga que venir caminando desde allí, aunque muchas veces de vuelta ella prefiere ir andando porque le va bien mover un poco el cuerpo. «Y a ti Miguel, más vale también que camines, que si no te vas a quedar hecho un inútil» Mi padre asiente con la cabeza dándole la razón a su prima, y mi madre, cogida del brazo de Lola, le cuca un ojo a Rosario mientras se aproximan a la puerta del Hogar del Jubilado con mucho cuidado de cómo subir los escalones, que más que escalones, parecen verdaderos obstáculos de una carrera de fondo.

Me despido de ellos hasta dentro de una hora. Se quedan sentados en la mesa esperando iniciar sus actividades, todos con sus mascarillas puestas, al tiempo que se les va tomando la temperatura uno a uno siguiendo el protocolo necesario en tiempos de pandemia que «quién nos iba a decir a nosotros que veríamos algo así…» Y me giro de nuevo antes de salir con el crío en brazos «que cada día esta más hermoso» según Rosario, y me los imagino como los niños pequeños que alguna vez fueron cuando iban a la escuela y que muchos de ellos tuvieron que abandonar demasiado pronto, apenas habiendo aprendido a hacer alguna que otra cuenta o a escribir su nombre con esa letra de caligrafía propia de la posguerra.

Allí dejo a esos hombres y mujeres. Los hijos de un siglo veinte muy agitado a nivel social, político y económico, y salpicado por continuos conflictos bélicos. Una generación que vivió en propias carnes el devenir de una historia alborotada entre el miedo, la escasez, los duelos y las pérdidas, mientras la tecnología y la ciencia avanzaban a pasos agigantados. Y es que el que más y el que menos quedo marcado por una centuria que los expertos han venido a denominar «el siglo de las luces y las sombras» debido por un lado a su carácter devastador y violento, y por otro, a los enormes progresos que se hicieron entonces. Y eso deja huella…, vaya que si deja huella…

Allí dejo a cuatro ochentones que también tuvieron sueños, quién sabe si algún secreto inconfesable o quizás algún que otro amor perdido tan inconfesable como para transformarse en secreto. Dejo la evolución natural de cuatro seres marcados por alguna que otra cicatriz tanto física como emocional. Cicatrices que nos recuerdan que se trata de eso: de ir acumulando «señales de vendavales» en nuestros cuerpos, mentes y almas para sentir la diversidad de la vida, presente también a través de los placeres que nos va regalando entre medias.

Allí dejo alguna que otra palabra que empieza a ser olvidada. Algún nombre, algún lugar que empieza a borrarse lentamente de la memoria. Pero también dejo la fuerza de aquellos y aquellas que lucharon para que sus hijos y sus hijas tuvieran una vida mejor, en ocasiones teniendo que  dejar su tierra para buscarse «las castañas» en otros lugares, en otras dejándose la espalda en el campo, y en general, intentando tirar para adelante de la mejor forma posible. Eso el olvido no podrá borrarlo nunca, porque así como heredamos el color de ojos del bisabuelo o los andares que nos recuerdan al hermano de la abuela “aquel que murió tan joven”, somos herederos de una red invisible de vínculos e historias que forman parte de ese ADN tan propio que hace cada familia única y singular.

Pasa la hora y vuelvo al Hogar del Jubilado a cargar la furgoneta de cuplés de antaño, rebeldía, fuerza, determinación, algún que otro dolor escondido en el alma y experiencia. Nos despedimos hasta el próximo encuentro, y mi padre le pide a Rosario que le de recuerdos «a mi primo Luis que hace mucho que no lo veo…». Ahora Lola ya en el asiento del copiloto dirige el viaje de vuelta que recorre las calles del pueblo, mi madre retoma sus cantares embelesada con su nieto mientras me pregunto cual sería el motivo por el cual un día dejo de cantar, y mientras mi padre a su vez se pregunta quiénes eran los que vivían al lado de la iglesia o si ya habrá muerto aquel al que le decían con no sé qué mote y vivía en aquella esquina.

Y yo doy gracias por conducir esa furgoneta tan especial…, y de que mi hijo pueda gozar de esos diez minutos de ida y vuelta tan maravillosos. Porque dejan huella…, vaya que si dejan huella…

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