Espacios de cuidado

Nacemos “dependientes” y envejecemos en muchísimos casos también necesitando que nos ayuden. Seguramente ya en algún momento de nuestra vida hemos requerido que nos cuiden, que nos acojan, que nos den seguridad y que nos protejan. Porque al final la fortaleza del ser humano se mide de alguna manera también teniendo en cuenta su fragilidad, y es imposible ocultar  “…que has pasado sin tropezar…” como decía el gran Antonio Vega en su “Lucha de Gigantes”. Así que, entre tropiezo y tropiezo, siempre va bien  contar con refuerzos en el caso de necesitarlos.

En los últimos años se viene hablando desde diferentes ámbitos de un nuevo término que hace referencia a un cambio de paradigma social y cultural, y que responde al nombre de “La Sociedad de los Cuidados”. Es un modelo de sociedad que pone el acento en el mismo acto de “cuidar”, situando en el epicentro del entorno público a la mismísima vulnerabilidad humana como elemento clave en ese proceso de “humanizar” diferentes contextos, desde la política hasta las mismas personas de manera individual.

Humanizar significa llenar de vida. Significa dignificar la diversidad: las diferentes formas en que se desarrolla esa vida, atendiendo sus necesidades y situando su bienestar como finalidad primera. En definitiva, la “Sociedad de los Cuidados” nos habla de un urgente cambio de mentalidad en el que todos puedan tener las mismas oportunidades de desarrollarse de manera integral, y en el que la “corresponsabilidad” sea uno de los valores esenciales.

Y dentro de este entramado de cambios y retos sociales, a mi me gusta señalar la existencia de cada vez más “Espacios de Cuidado” que responden a esa necesidad de acoger y “dar asilo” al delicado devenir de cada individuo. Son lugares de encuentro, cada cual especializado en un tema concreto, que recoge el interés de aquellxs que asisten y desean compartir miedos, dudas e incertidumbres. No existen recetas mágicas para combatir esos temores o inseguridades. Simplemente el mismo acto de poder expresar lo que uno está viviendo y darse cuenta que hay más seres que están pasando por experiencias similares, ayuda a romper el aislamiento, sobretodo emocional, en el que en ocasiones viven y se encuentran atrapados. Se trata de romper el silencio sobre ciertos temas de los que nos hemos acostumbrado a hablar poco, bien porque son asuntos que nos hacen daño, bien porque creemos que no vale la pena, o porque son verdaderos tabúes en esta sociedad hedonista en la que vivimos.

Entre los diferentes Espacios de Cuidado que nos podemos encontrar, son ya habituales los llamados “Círculos de Mujeres”: lugares habilitados para la confluencia de diferentes sentires y emociones, generalmente de grupos de mujeres, ya sea de manera física o de forma online, muchos de ellos relacionados con la manera en que se vive la experiencia corporal femenina y su repercusión en la vida social, cultural y personal. Temas como la menstruación, el embarazo, la perspectiva y rol de género, el sexo, la maternidad, la menopausia,…, son algunas de la infinidad de materias que se pueden tratar en estos espacios de encuentro. De igual modo, cada vez son más los también llamados “Círculos de Hombres” en los que el trabajo de organización y contextualización de las llamadas “nuevas masculinidades” se centran en romper con ese estereotipo del “hombre fuerte que no llora, cabeza de familia” y habla de otras formas de vivir la masculinidad de una manera más sana, más acorde con la realidad y más igualitaria.

Otros espacios que a mi personalmente me encantan, son aquellos en donde la gente mayor se junta para realizar diferentes actividades, en muchas ocasiones, transformándose en espacios intergeneracionales: lugares de encuentro entre nietxs y abuelxs, senderismo,  talleres para aprender el uso de la tecnología,… Estas actividades en verdad son la excusa para poder compartir, entre otras cosas, sus vivencias respecto al proceso de envejecer. Y uno de los fenómenos sociales que se empieza a contemplar en el ámbito de la tercera edad en nuestro país, pero que viene pisando fuerte desde los años 70 en los países nórdicos, es el llamado “cohousing”: un modelo de convivencia en comunidad autogestionado, donde la gente mayor decide las estructuras de uso común, las de uso privado y los servicios que quieren y necesitan para tener una vida mejor y más saludable. Es una manera de compartir sus últimos años dentro de una comunidad donde todxs son corresponsables y se apoyan mutuamente.

Y en ese apoyo que se produce de forma recíproca, la expresión “GAM” también está tomando protagonismo en estos últimos tiempos: los Grupos de Ayuda Mutua. En general, estos grupos se forman para tratar algún tipo de duelo o pérdida, y pueden ser específicos de temas concretos: familias que han pasado por la terrible experiencia de perder un hijx, personas que están cuidando de otras personas, generalmente parientes más o menos cercanos, que están pasando por algún tipo de enfermedad, los mismos enfermxs que necesitan compartir su experiencia con quiénes están pasando por situaciones similares, hombres y mujeres que viven algún tipo de adicción… La diversidad de los GAMs es infinita, y cada vez son más necesarios para poder vivir estos procesos emocionales tan intensos de una forma más calmada y con la sensación de sentirse cuidado. Son realmente terapéuticos.

Sin ir más lejos, en nuestro pueblo se ha organizado un Espacio de Acompañamiento en la Crianza, otro de esos “nichos” que en ocasiones pasa desapercibido pero que cuando se plantea, genera verdadero interés. Surge como forma de dar soporte a la acción educativa y social que conlleva la crianza de los más pequeñxs por parte de sus adultos referentes más cercanos y que se encargan de sus cuidados. Se traduce como un lugar de encuentro que acoge a las familias con toda la carga emocional que supone la maternidad y la paternidad, desde las experiencias vividas de una forma más favorable hasta aquellas que pueden producir inseguridad y angustia. Es un espacio para compartir entre profesionales, familiares y criaturas, fomentando relaciones vinculares positivas y haciendo competentes en su labor de crianza a los educadores principales que generalmente son las madres y los padres. También está abierto a otras personas de referencia de las criaturas como los abuelxs, tíxs,…, u otros referentes que puedan ser importantes en el día a día de los más pequeñxs. Es un lugar íntimo y de confianza, sin juicios, que respeta todos los elementos diversos que conforman las diferentes formas de crianza y de acompañamiento de las criaturas. Elementos que pueden contener características culturales diversas, intergeneracionales o de concepción en cuanto a la manera de contemplar los cuidados.

Ojalá cada vez sean más los espacios para cuidar, acoger, dar seguridad y proteger. Espacios en donde desnudarnos con nuestra fragilidad, dejarla al descubierto…, sin necesidad de ocultar que somos seres vulnerables.

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