De encierros, criaturas y escuelas por abrir

Uno de los debates que más noticias ha generado justo en estas últimas semanas, es aquel originado por las declaraciones que hacía la Ministra de Educación, Isabel Celaá, sobre la conveniencia de abrir las escuelas infantiles en la fase 2, en pro de la conciliación familiar para aquellos niños y niñas de 0 a 6 años cuyos padres trabajaran y no pudieran hacerse cargo de su cuidado. A partir de ahí no ha habido ni un sólo día donde las manifestaciones de miembros de la comunidad educativa, pediátrica, de asociaciones familiares, políticos,…, se hayan dejado oír en los medios de comunicación.

Por lo que parece, muchas de las comunidades autónomas han rehusado llevar a cabo esta decisión debido a la falta de protocolos sanitarios que puedan respaldar unas medidas básicas que garanticen la seguridad tanto de las criaturas, como de sus familias y profesionales de la educación frente al COVID-19. Sin embargo, todavía hay quien se plantea abrir escuelas para finales de mayo o principios de junio.

Pero más allá de argumentaciones y razonamientos centrados en una visión sanitaria de la situación (por supuesto, visión importantísima en estos tiempos que estamos viviendo) lo que de nuevo se manifiesta tristemente con este tipo de decisiones, son dos elementos muy preocupantes para muchos de los que trabajamos en el ámbito de la pequeña infancia y que venimos denunciando desde hace tiempo: por un lado el desconocimiento total de una etapa educativa que contempla el primer y segundo ciclo de la Educación Infantil (de 0 a 3 años y de 3 a 6 años respectivamente), y por el otro, el mal entendido concepto de “conciliación familiar” y la respuesta que la escuela pública ha de tener respecto a la misma.

Empecemos por la primera. En los años que llevo trabajando como educadora de una Escuela Infantil con criaturas de cero a tres años, todavía me sorprendo cuando  gestores de la administración o políticos al mando toman según qué tipo de medidas respecto a la implementación de modelos pedagógicos y formas de atención socioeducativa, la mayoría de veces siguiendo criterios totalmente alejados de la realidad. Por supuesto no esperaba demasiado en estos tiempos de crisis sanitaria, de confinamiento y de consecuencias económicas que estamos sufriendo. Porque las preguntas que me gustaría hacerles ahora, justo en estos momentos, son interminables. Son las preguntas de siempre pero ahora con carácter de urgencia: ¿Sabéis lo que es una criatura de cero a tres años, o de tres a seis? ¿Conocéis cuáles son sus necesidades más básicas? ¿Sois conscientes de lo importante y esencial que es para su desarrollo integral todo el sistema de vinculación que se genera por el contacto corporal y la relación con el otro? ¿Entendéis que para una criatura de estas edades, la interacción con el entorno más próximo y el juego como medios de aprendizaje son los componentes claves para poder comprender su realidad y relacionarse con ella?

Un criatura de cero a seis años necesita correr, saltar, manipular con diferentes objetos y texturas, conocer los límites propios y los del otro a través de juego y el contacto corporal; requiere de atenciones que tienen que ver con el acoger en brazos, con dar y recibir caricias, con curar heridas cuando se hacen daño… Necesita sentir la presencia del adulto en todas sus dimensiones, y muy importante a través de los gestos y la palabra. Para los más pequeños (que se pasan el día llevándoselo todo a la boca como forma de experimentación y descubrimiento) son esenciales los momentos de rutina que tienen que ver con la alimentación, el sueño, el cambio de pañal o el control de esfínteres, acompañándoles de forma personalizada en este tipo de situaciones asistenciales, pero sobre todo educativas. En definitiva, una criatura de cero a seis años siente y aprende a través del cuerpo en interrelación constante con el ambiente natural y social en el que se encuentra y con los vínculos que genera con los adultos que le cuidan y que le dan seguridad y afecto.

Entonces, señores que toman decisiones, ¿me podéis explicar cómo puedo aproximarme a un bebe o a una criatura pequeña con una mascarilla y transformarme en una “educadora sin rostro” con la que será difícil comunicar emociones y afectos? ¿Alguien me puede decir cómo se siente uno cuando le tocan con unos guantes que ocultan la calidez de unas manos que te consuelan? ¿O cuándo se vuelve a esta “nueva normalidad”, después de más de dos meses encerrados en casa, y los adultos que te rodean van tan ocultos que es imposible saber qué están expresando? ¿Cómo serán las barreras y límites arquitectónicos y corporales que se van a poner en marcha para garantizar la seguridad entre las criaturas pequeñas, entre ellas y sus cuidadoras/es, y entre cuidadoras/es y familias? En definitiva, ¿sabéis como narices puedo guardar el “distanciamiento social” y las medidas de higiene y desinfección con criaturas de cero a tres años, o de tres a seis?

No nos olvidemos cómo la Organización Mundial de la Salud define éste término: “La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Les hemos dicho a los más pequeños que debían de estar confinados en casa porque “fuera hay un bichito llamado coronavirus que puede ser peligroso y es importante cuidarnos entre todos”, mientras de forma directa o indirecta les llegan las noticias del día a día nada consoladoras y sienten la preocupación y el cansancio de los que conviven con ellos en el hogar.  Y ahora, de golpe, les mandamos a una escuela que ya no es la escuela que conocían y que todo es aséptico e impersonal. Creo que no es difícil de imaginar lo que puede suponer esto para una criatura pequeña.

Con todo ello no quiero que se me malinterprete: estoy deseando que se abran las escuelas de todo el país. Para los profesionales de la educación, una escuela cerrada es como un jardín sin flores. Y para aquellos que además ejercemos en la educación pública, somos muy conscientes de lo importante que es la función social que ésta ejerce respecto a la igualdad de oportunidades que la escuela supone y fomenta, sobre todo para aquellas familias más vulnerables y que son las que más están pagando las consecuencias de esta crisis.  Pero deseo que los centros educativos se abran en unas condiciones que no solo garanticen la higiene y la desinfección, sino también el bienestar emocional y psicológico de las comunidades educativas al completo, y sobre todo de los más pequeños de los cuales somos responsables. No se puede abogar por una “reactivación económica” utilizando la escuela como componente clave para una conciliación familiar cuando al mismo tiempo se corre el peligro de estar vulnerando derechos básicos de la infancia en forma de lo que ya algunos profesionales denominan “micro–maltratos” si se abren escuelas con los criterios de “distanciamiento social” que se quieren implementar en Educación Infantil.

Y este es el segundo elemento a tener en cuenta y del cual hablaba en párrafos anteriores: la mal entendida conciliación familiar. Desde hace años estamos viendo como la escuela se ha convertido casi exclusivamente en la principal institución social que da respuesta a las necesidades de las familias que han de trabajar. En los últimos tiempos ha habido una proliferación de centros infantiles con jornadas escolares cada vez más extensas y un sinfín de actividades extraescolares que responden a una también mal entendida “flexibilización horaria”. Flexibilización que, en el ámbito de la Educación Infantil que ahora nos ocupa, hace que criaturas pequeñas, de cero a seis años, estén en las escuelas a veces incluso más horas que sus progenitores en sus respectivos puestos de trabajo.

Existe una definición bastante completa que refiere la conciliación personal, familiar y laboral como “la participación equilibrada entre mujeres y hombres en la vida familiar y en el mercado de trabajo, conseguida a través de la reestructuración y reorganización de los sistemas laboral, educativo y de recursos sociales, con el fin de introducir la igualdad de oportunidades en el empleo, variar los roles y estereotipos tradicionales, y cubrir las necesidades de atención y cuidado a personas dependientes”. Por tanto, es importante que la escuela sea un medio de conciliación familiar, pero también que por un lado el ámbito empresarial a través de la flexibilización horaria, y por otro las instituciones sociales con más y mejores ayudas, asistan y apoyen a las familias en esa búsqueda de la armonía entre lo personal y lo profesional que a veces supone verdaderos malabarismos. Y más ahora que, con la pandemia, nuestra salud mental y física y la de los más pequeños está en juego.

Durante todas estas semanas de confinamiento, hemos sido testigos de las grandes competencias que madres y padres tienen respecto al cuidado de sus hijas e hijos: se han convertido en animadores y animadoras socioculturales, maestras y maestros, monitores de tiempo libre,…, y todo esto, en una gran mayoría de los casos, sin dejar sus obligaciones laborales, teletrabajando desde casa, en ocasiones, a horas intempestivas.

Señores que toman decisiones: creo que todas estas familias se merecen que los expertos en sanidad y educación, políticos y gestores de la administración, nos pongamos de acuerdo y empecemos a trabajar en protocolos adaptados a las necesidades “reales” de cada etapa educativa, para que en septiembre, si es posible, podamos abrir nuestras escuelas garantizando la salud y el bienestar físico, psicológico y emocional de grandes y pequeños. Y mientras tanto, busquemos la manera de ayudarlas con nuevas fórmulas de conciliación familiar que les permita poder armonizar su vida laboral, familiar y personal, ahora que “fuera hay un bichito llamado coronavirus que puede ser peligroso y es importante cuidarnos entre todos”.

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