El poder de la vulnerabilidad

Últimamente tengo la extraña impresión de estar viviendo en una especie de realidad distópica. Me imagino que está sensación la está experimentando la mayoría de personas que están sufriendo la crisis del COVID 19. Si hace unos meses nos hubieran explicado lo que está sucediendo en estos momentos, creo que nadie se lo hubiera tomado en serio. De hecho a principios de año, China parecía muy lejos…

Nadie se hubiera tomado en serio que tendríamos que estar meses encerrados en casa. Nos hubiéramos puesto las manos en la cabeza si nos hubieran dicho que los guantes y las mascarillas comenzarían a estar tan solicitadas y que empezarían a formar parte de nuestra indumentaria. Habríamos alucinado si nos hubieran hablado de calles vacías y avenida solitarias al más puro “Abre los ojos” de Amenábar, cuando Eduardo Noriega recorría la Gran Vía de Madrid totalmente desierta.

Pero sobre todo quién hubiera pensado que de golpe, de un día para otro, nuestros lazos emocionales más cercanos e importantes se hayan visto alterados hasta el punto de poner barreras a esos vínculos afectivos que son esenciales para nuestra seguridad y supervivencia: amigos y familias enteras separadas por el ya tristemente asumido “distanciamiento social”. Yo jamás me lo hubiera tomado en serio.

Y es que la vida nos ha obligado a asomarnos a nuestros propios abismos ante la amenaza de un ser microscópico que viene “coronado” y del que poco se sabe todavía. Abismos que no son otra cosa que el reflejo de una de las características que más nos definen como seres humanos: la vulnerabilidad. Nos hemos visto abocados a girar la mirada hacia aquella parte de nuestra existencia de la que, en condiciones normales, nos empeñamos en huir como si no quisiéramos dar señales de debilidad, sobre todo en esta sociedad occidental de la cual formamos parte.

La fragilidad humana se ha hecho evidente en nuestros hospitales y residencias de mayores. Se ha vuelto consciencia cuando nos hemos dado cuenta del dolor que supone la imposibilidad de dar un abrazo a aquel que se está muriendo mientras éste siente sus manos acogidas en las manos de aquellos que lo llorarán cuando emprenda ese último viaje que es la muerte. Incluso nos ha enfrentado a los miedos de un ego que se ha empeñado en creer que somos seres inmortales y que ahora mira la propia finitud como una de las verdades más universales de la vida.

La vulnerabilidad nos habla del temor a un presente sin muchas certezas y a un futuro que no sabemos qué rumbo tomará. Nos cuenta que la soledad, si no es elegida, es una condena que dilata el tiempo en una prolongación que la hace casi insufrible. Y que las calles sin criaturas son simples elementos arquitectónicos sin alma y sin sonrisas.

Al fin y al cabo, el dolor por la pérdida de lo que hasta ahora conocíamos como nuestro entorno más próximo y en el que nos sentíamos cómodos y protegidos, ha hecho emerger una enorme diversidad de duelos a los que tendremos que mirar de frente si queremos aceptar la nueva realidad con la que el mundo seguirá rodando.

Junto con el “Resistiré” del Dúo Dinámico, que se ha convertido en himno nacional en tiempos de coronavirus, el “Cuando todo esto pase…” es la frase que tiñe de esperanza esa suerte de fragilidad que ha desbordado la supuesta “normalidad” en la que vivíamos. Porque la segunda parte de esta frase hace referencia a las cosas más sencillas que creíamos seguras y que ahora nos faltan como el aire que respiramos: “Cuando todo esto pase…, me tomaré una cerveza con mi mejor amigo…, iré a ver a mis padres…, me bañaré en la playa…, pasaré más tiempo con mis hijos…”

Y es que por otro lado se ha abierto la veda a una lucidez mental en donde la utopía comienza a ser urgente gracias al poder de la vulnerabilidad: apremia la búsqueda de alternativas a la explotación desmedida de los recursos del planeta; resulta esencial plantear una sociedad en donde los “cuidados” sean el epicentro del desarrollo integral de todos los que forman parte de una comunidad; urge tomar medidas frente al despropósito de un individualismo que ha ido creciendo en los últimos años, y sobre todo, por primera vez desde hace mucho tiempo, nos hemos dado cuenta que la vida nos une por unos vínculos invisibles que nos igualan y nos dicen que todos vamos en el mismo barco, y que si no remamos juntos, en cualquier momento nos podemos hundir.

Es por eso que agradezco la insólita llegada de la vulnerabilidad a nuestras vidas por ocupar los balcones de aplausos cada día a las ocho de la tarde, por llenar las pantallas de nuestros móviles y nuestras tablets de “Os echo de menos…”, por empañar los ojos de lágrimas cuando somos conscientes que necesitamos al otro, por empezar a aceptar que la muerte forma parte de la vida, y que al igual que cuando nacemos, nadie se merece morir sólo sin los abrazos de los que te quieren…

Y más allá, quiero reconocer la gran labor de la fragilidad por obligarnos a repensar los principios que han de regir la dignidad humana, por poner sobre la mesa la necesidad de reconstruirnos como sociedad, por recordarnos que la desmemoria nos ha mantenido en una especie de anestesia emocional y por convertirse en nuestra tabla de salvación si queremos salir de ésta.

Espero humildemente que a partir de ahora seamos cada vez más los que reivindiquemos la vulnerabilidad como el motor de una nueva mirada; como la clave en este cambio de paradigma que estamos viviendo y que entre todos tendremos que implementar.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s