El cuento del túnel

Cuando era pequeña, siempre le pedía a mi madre que me contará el mismo cuento antes de irme a dormir: “El cuento del túnel”. Mi madre explicaba que todos, absolutamente todos los seres humanos llegan a la tierra atravesando un túnel, y que al final del mismo siempre se puede ver una luz intensa y penetrante. Una luz maravillosa que ciega la mirada de aquellos que han andado entre las tinieblas, y que por eso, los recién nacidos naufragan en el mundo llorando.

Mi madre decía que los bebés lloran porque al sentirse iluminados entienden que por fin han llegado a buen término, y que tanta tensión acumulada por el camino se desvanece y pueden respirar en paz. El túnel es sólo un lugar de paso. Una travesía necesaria que todo ser humano ha de transitar para conocer los secretos de su propia vitalidad, de la energía que esconde los misterios más profundos del universo. Un túnel que termina alojando en su olvido y del que ya no vuelve a tener constancia hasta que no retorna a él en el momento en que se despide del mundo, de nuevo para volver a encontrarse con la luz. En esa ocasión, son los demás los que lloran, porque no pueden acompañarlo en el viaje. Era entonces cuando mi madre me miraba fijamente, contemplándome con una extrema dulzura y acababa el cuento diciéndome: “Porque hija mía, hay cosas en la vida que una sólo puede hacerlas sola. Por eso confía en que siempre hay luz al final de cualquier camino”.

De esta manera me dormía cada noche, y durante mucho tiempo soñé que avanzaba a través de un túnel oscuro, casi imperceptible a los ojos. Las paredes eran frías y en ocasiones parecía como si se dilataran en movimientos que encogían y ensanchaban la senda a seguir, pero hacia adelante, invariablemente hacia adelante. Sin embargo siempre, al final de la galería, ahí estaba esperándome: una luz extraordinaria, sorprendente y descomunal. Era entonces cuando empezaba a llorar, sonreía y mis músculos descansaban tranquilos. Por fin estaba segura.

Ahora es mi hijo quién me pide que le explique el cuento del túnel, “sí mama, aquel que te contaba la yaya”. Y yo no sé por dónde empezar…

Porque a mi madre se le olvidó decirme que el túnel no es igual para todos. Que para muchos, es difícil ver la luz al final del mismo. Que transitarlo puede ser una verdadera pesadilla, y que incluso una vez recién llegados al mundo, puede ser que no distingan la diferencia entre estar dentro y estar fuera. Que nacer es un puro accidente, y el lugar de destino, simplemente una cuestión de suerte.

A mi madre se le olvidó decirme que la luz empieza a ser un bien escaso para gran parte de los seres humanos, y que enfrentarse a los desatinos de la vida puede ser realmente complicado si lo has de hacer sólo, sin nadie que te ayude. Que vivir no debería depender de cuan largo y profundo es el túnel que nos toca recorrer a cada uno, sino de la capacidad que tenemos todos de iluminar los túneles de los demás, y cómo los demás pueden iluminar los nuestros.

Yo no sé cómo explicarle a mi hijo que nacer y morir se ha convertido para muchos en una distancia de tiempo que pesa demasiado. No sé cómo explicarle que a veces estamos tan cegados con nuestra propia luz que no somos capaces de ver la oscuridad en la que viven otros, sin darnos cuenta que esa oscuridad también es la nuestra.

Por eso, cuando le explico “El cuento del túnel” a mi hijo, me gustaría decirle mirándolo fijamente a los ojos con extrema dulzura como hacía mi madre, que los túneles desaparecen cuando al otro lado hay alguien capaz de llorar con las mismas lágrimas con las que lloramos cuando nos despedimos de alguien a quién queremos mucho, o con las mismas con las que él lloró cuando llegó al mundo.

Y que siempre, siempre, hay alguien dispuesto a dar luz.

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