…com els ocellets de les Rambles…

Se mueven, se contonean, bailan y perfilan sombras al compás de un incesante pasar y pasar por las Ramblas de la ciudad. En ocasiones parecen mirar el infinito, meneando las cabezas a un lado y al otro, como buscando la forma de entender. Y en esas visiones furtivas, de vez en cuando se producen encuentros de milésimas de segundo que aparentemente pasan desapercibidos, intentando demostrar sucedáneos de indiferencia.

En el expositor de las Ramblas cada uno de ellos hace servir el plumaje más adecuado para seducir a aquella palpitación humana que no para de agitarse.

Los hay esbeltos, bellos y coloridos. Se menean gustosos, invadidos por una especie de perpetuo orgasmo que les confiere la habilidad de ocultar su tristeza.

Otros se revuelven nerviosos, en continuos movimientos involuntarios, temblando con cada gesto, con el miedo del que sabe que algo está a punto de suceder. Se pasan el tiempo respirando en esa delgada línea del “qué será”, del porvenir en estado de congelación.

Destacan aquellos que han dejado de cantar los estribillos que a todos les gustaba escuchar. Negados a rimar estrofas de forma repetitiva, ahora inventan versos anárquicos, satíricos, en un intento de reinventar la poética, de romper con las disonancias de las canciones que hablan del “esto es lo que hay”.

Junto a ellos, en incesantes aproximaciones, se sitúa la otra parte del coro con un plumaje a rayas, los que afinan y desafinan simultáneamente. Y entre todos, un orfeón musical que espera impaciente el ON AIR de su letrero luminoso.

Llama la atención la otra cenefa del expositor. Es la zona del mutismo, del lugar de donde desaparecieron los espasmos de la lucidez. Se cuenta que todos los que están allá olvidaron el olvido, como una especie de alzhéimer a la inversa, en un estado de acumulación racional desbordada.

Y finalmente los recién llegados, los que tapan huecos, los que rellenan vacíos. Reconocen la incertidumbre mientras observan al que tienen al lado por medio de infinitos “bis a bises” de imitación.

La tarde llega y las baldosas parecen reducirse con la marea de sombras que se mueven, se contonean y bailan en un incesante pasar y pasar por las Ramblas de la ciudad: un grupo de alemanes adornados con sombreros mejicanos, la viejecita que cruza con el carro de la compra hacia el Carrer Hospital, las cervezas a un euro de un pakistaní, los amantes que esperan en la Font de Canaletes, el mimo que hace prácticas de artista vestido de John Wayne, la niña que lo mira con los ojos clavados intentando hacer canasta de cinco céntimos en una caja de cartón, los flashes de las cámaras de fotos,…

Miles de historias de un paisaje urbano, de un escaparate humano que se desvanece justo en el momento en que se cierran las puertas del quiosco dels ocellets de les Rambles. Son imágenes que se clavan en las retinas de los animalillos que ponen banda sonora a ese curioso devenir de almas mezcladas sin sentido.

El tiempo transcurre tranquilo encerrado en una jaula, rodeado de flemáticos barrotes que impiden la perseverancia de lo imprevisible. Lo ajeno es aún más extraño cuanta más pequeña es la celda, y la vida se reduce al simple acto de fe en un sistema biológico que parece funcionar sin problemas.

Els ocellets de les Rambles contemplan serenos el vaivén de formas que pasan por delante del quiosco. A menudo dejan asomar sus picos en sucesivas tentativas de capturar bocanadas de aire, como si éste fuera un precioso regalo que no puede atravesar los hierros de su prisión.

Y cuando por fin lo consiguen, levantan la cabeza, despliegan sus alas y piensan en lo felices que serían si sus jaulas fueran como las jaulas en donde viven todos aquellos que pasan constantemente por delante de sus miradas: con las puertas abiertas por si algún día se les ocurriera echar a volar.

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