Las diosas no menstrúan

Cuando una diosa nace, el universo congela su expansión para dedicarle unos segundos exclusivos a darle la bienvenida. En ese momento, los anhelos, las tristezas, los deseos, la armonía, los alivios y las esperas se alinean en una única órbita, resolviendo el tiempo en un vértice eterno, casi imperceptible, que riega la piel de la divinidad y la dota de sabiduría, belleza y conciencia.

Después de esos segundos, los relojes del mundo inician el vertiginoso devenir del péndulo, el cosmos reanuda su esparcimiento y la diosa busca entre las estrellas un espejo donde poder mirarse. Se arregla el cabello removido por el viento, se toca la cara buscando las líneas del rostro sonrojado por el parto, y en el vientre, un murmullo de olas marinas se mezcla con la luz del sol que empieza a abrir el amanecer. Sonríe y se ve bonita, bailando con el reflejo de su figura que respira en cada uno de los compases que sus movimientos improvisa.

La diosa se crece con la suerte de sus caderas y la turgencia de sus pechos. Sabe que en cada trocito de cielo hay un pequeño recodo en donde descansar, y así, repasando las texturas del espacio, se queda dormida con las manos entrelazadas, acurrucada entre raíces de espliego y flores de azahar.

Pero un día, no se sabe muy bien por qué, la diosa se abandona y se pierde entre las nublas de sus propios letargos, entregándose al olvido de sí misma. No reconoce el reflejo de su cuerpo en el espejo, y se pregunta quién será esa mujer que la mira desde el otro lado. Y en ese mismo instante, la imagen de la dama que clava su mirada en la mirada de la deidad, se vuelve dándole la espalda y dirigiendo su contemplación hacia el interior de la lámina de cristal.

La dama del espejo llora porque ha perdido los pétalos de rosa que resbalaban por sus muslos cuando la luna le sonreía, y así, de espaldas al mundo, observa atenta la profundidad oscura que se difumina ante sus ojos esperando que en cualquier momento sus entrañas le hablen en lenguajes pueriles y arrullos de nanas.

Se enfada con el satélite que parece dar vueltas alrededor de ella sin apenas darse cuenta de su presencia. Quizá la musa blanca se olvidó de seguir bautizándola a partir de la primera vez que la dama del espejo sintió la llegada de su manto brillante.

Tal vez, en uno de sus viajes alrededor de la tierra, la luna descuidó adornar con pétalos de rosa los vientres de todas aquellas que por entonces soñaban con sostener los llantos de los recién llegados al mundo.

Si así había ocurrido, ¡cuántas mujeres se quedaron sin los sollozos de la vida que acaba de explotar! Quién sabe si las lágrimas de la dama del espejo son también los lamentos de los que no encuentran unos brazos que los envuelvan cuando comienzan a sentir las primeras bocanadas de aire.

Mientras la dama del espejo empieza a percibir la llegada del sueño que anestesia su desconsuelo, el mar salado que fluía de sus ojos se transforma en un enorme cristal. Y allí, al otro lado del cristal, vislumbra la imagen divina de una fémina que se arregla el cabello removido por el viento, se toca la cara buscando las líneas del rostro sonrojado como si acabara de nacer y el rumor de su abdomen recuerda el murmullo de las olas marinas en el momento en que empieza a amanecer.

Dicen que cuando la mirada de una diosa se clava en la mirada de su imagen reflejada en un espejo, en ocasiones pierde la memoria durante unos segundos, los mismos segundos que el universo necesita para congelar su expansión y darle la bienvenida al mundo.

Porque en ese imperceptible intervalo de tiempo, la luna descansa de su viaje alrededor de la tierra para abrazar a la diosa y contener sus sollozos cuando las primeras bocanadas de aire inundan su pecho. Y en ese mismo instante, las mujeres de la tierra que esperan ser bautizadas con su manto brillante, escuchan una canción entre ensueños que dice:

Duerme mi niña del cielo, duerme mi dulce destello, que si esta noche te abraza la luna, es porque las diosas no menstrúan”

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