La vida “SLOW”

Llegó la primavera y con ella el florecimiento y la abundancia. La naturaleza parece despertar poco a poco ofreciendo un maravilloso espectáculo de colores, sonidos y luces de diferente intensidad conforme el día va pasando. Resulta asombroso ser testigo de todas estas escenas cotidianas cuando se vive en un entorno rural. Y es extraordinario básicamente porque se disfruta de dos factores que se producen de forma simultánea aunque a priori parezcan discordantes: la consciencia del presente y la consciencia del paso del tiempo.

Ser consciente del presente tiene que ver con eso que llaman “el SER”: conectar con la esencia de uno mismo, con ese no sé qué inalterable que perdura a través de los años. Es esa condición tan humana que nos permite vincularnos con todo lo que nos rodea a través de lazos invisibles que generalmente están relacionados con emociones de la infancia, de cuando todo se vivía en el momento, sin proyecciones al pasado ni al futuro. El presente como un vértice de tiempo eterno, que en su propia perennidad, permite darse cuenta de uno mismo y de lo que siente, de su respiración, de su pulso y de su mente. Pero a la vez resulta ser un intervalo tan sumamente corto, que la consciencia del SER transcurre en pequeños instantes, a veces en forma de reminiscencias del pensamiento o recuerdos afectivos.

Por su parte, la consciencia del paso del tiempo está íntimamente relacionada con “el ESTAR”: dejarse llevar con el trascurrir de los latidos del reloj, viviendo cada uno de los segundos con total claridad. Significa observar que nuestro cuerpo va moldeándose respecto al vaivén de la vida. Que en las comisuras de los labios y en el contorno de los ojos se comienzan a ver pequeños surcos fruto de la historia de la cronología de nuestra piel. Que empezamos a poder hablar con ese “recuerdas cuando…”, también traspasado por las grietas que el tiempo va dejando. Es ese “ESTAR” que va modificando nuestra manera de ver y contemplar el mundo, sobre todo a través de la experiencia que supura en cada una de las cicatrices que la vida nos ha ido marcando. Un continuo replanteamiento de nuestras creencias e ideas que algunos atribuyen a eso llamado “madurez” o el camino hacia “el hacerse mayor”: se pierde energía pero se gana sabiduría…, casi siempre…

El “SER” y el “ESTAR” conviven de forma unísona cuando se añade un ingrediente que consiente que ambas se revelen nítidamente a través de nuestra consciencia. Un ingrediente que permite poder disfrutar de forma paralela de “presentes eternos” y del “devenir de las horas”: la LENTITUD. Si no fuera por este maravilloso componente que corona el ir poco a poco, sería imposible poder tener rastro de ninguna de las dos.

Precisamente en estos días de ambiente primaveral es cuando la lentitud se manifiesta en todo su esplendor procurando así que el conjunto de “seres” y “estares” que forman parte del mismo convivan en armonía: cada día un poco más las higueras van ganando en frondosidad, al principio en forma de diminutas yemas y de manera paulatina con hojas cada vez mayores. Así mismo ocurre con las parras o con los capullos de futuras flores que poquito a poquito se van abriendo enseñando los pétalos de diferentes colores; o con los huevos de los nidos que ahora se están incubando y que dentro de poco empezarán a romperse asomando nuevos graznidos y chillidos de polluelos recién llegados al mundo. Y sin embargo, a cada uno de estos acontecimientos les pertenece un instante de perpetuidad, de permanencia inalterable.

No es por tanto extraño que desde hace ya algunas décadas se hable del denominado “Movimiento Slow” que vendría a ser “Movimiento lento” en su traducción. Es una tendencia sociocultural que aboga por el desarrollo y la sostenibilidad a través de hacer las cosas como bien reza aquella canción del verano: “Des-pa-ci-to…” Un tipo de filosofía que defiende un uso cada vez más consciente del tiempo y que se refleja en diferentes ámbitos, desde la manera de concebir la industria alimentaria, pasando por cómo repensamos las organizaciones sociales y culturales para que estén cada vez más acordes con entornos limpios y respetuosos con el medio ambiente, así como nos invita a reflexionar sobre alternativas a las formas de consumo actual que se están generando y llevando a cabo.

Porque al final, el ir despacio, el ir más lento, no deja de ser una oportunidad de volver a conectar con las cosas importantes que en ocasiones pasan desapercibidas, pero que son fundamentales para perpetuar la vida y todo lo que significa. Como le dijo el zorro al Principito, “lo esencial es invisible a los ojos” y seguramente también se refería a la importancia de ser conscientes del presente y del paso del tiempo cuando dejamos que éste nos conquiste poco a poco, lánguido, pausado…

La inmediatez, la rapidez en los procesos y la urgencia a la hora de hacer las cosas nos roba el tiempo porque lo hace imperceptible, insensible. La prisa no nos deja “ser” ni “estar”. Esclavos del “ahora mismo”, del “ya”, vivimos en una dimensión temporal caracterizada por intervalos espasmódicos que impiden apreciar el tomar consciencia en cada una de las actividades realizadas, como cuando un niñx pequeñx juega y se concentra en aquello que está haciendo de forma intensa, aprendiendo, disfrutando, experimentándolo.

La “filosofía slow” reivindica el ir lento pero sin abogar a la pereza, más bien al contrario. Defiende la acción, la alienta, pero poniendo en ella toda nuestra percepción, escogiendo bien que es aquello que potencia nuestro desarrollo y crecimiento personal. Contempla una cultura, tal y como titula el libro de Carl Honore, de “Elogio de la lentitud”, frente a lo vertiginoso, la vida acelerada.

En estos días de primavera, todo está floreciendo despacio, poco a poco, pero sin pausa. Y es un gusto poder parar, cerrar los ojos, sentir el olor a hierbabuena recién cortada, escuchar los sonidos de la abundancia…, mientras se acompasa nuestro pulso a este ritmo de la naturaleza para poder “ser” y “estar”.

Aprendiendo a mecer estrellas

Existe una manera de realizar el rol de madre o padre que desafortunadamente pasa totalmente desapercibida. Pasa inadvertida entre la diversidad cultural que supone el ejercicio de vincularse y cuidar, en este caso, a esos seres diminutos que vienen a ser nuestras hijas y nuestros hijos. Son esas maternidades o paternidades que han aprendido a desplegar todas sus capacidades respecto a la tarea de proteger y arropar de una forma que jamás habían imaginado: meciendo estrellas.

Resulta una ardua tarea esto de aprender a “mecer estrellas”, porque requiere enfrentarse, primero de todo, a un proceso de duelo que comporta asimilar el dolor de la pérdida de algo muy querido. Y en segundo lugar, supone caminar por una montaña rusa de emociones, algunas encontradas, otras contradictorias, hasta aceptar que la vida a veces toma rumbos inesperados y que una no siempre está preparada a hacer frente a sus vaivenes. Y en cualquier caso, “mecer estrellas” es afrontar una transformación personal no elegida, de la que no puedes huir porque, sin darte cuenta, has dejado de ser la misma persona que antes de haber perdido la inocencia: aquella ingenuidad de la madre o padre que cree que sobrepasadas las doce primeras semanas de embarazo, todo va a ir bien y no hay ningún peligro.

Me refiero a esas madres o esos padres que salen del hospital con los brazos vacíos, y en el caso de ellas, con los vientres desiertos tras haber albergado vida. Unos seres destrozados tras haber escuchado esa terrible frase que reza aquello de “no hay latido”, o que ya es la cuarta o quinta vez que sufren una pérdida gestacional de primer trimestre. Destrozados porque descubren que su “boleta” padece una enfermedad “incompatible con la vida” y han de tomar una decisión, o que una infección ha provocado un parto prematuro y la criatura prácticamente no tiene posibilidades de sobrevivir. Son las madres o padres de los llamados “bebés estrellas”: aquellos que mueren antes o al poco de nacer. Para éstos últimos también existe el término “bebés mariposa”.

Sea cual sea la denominación que se les quiera poner a estos bebés, lo que está claro es que todavía no hemos conseguido poner nombre a la experiencia de haber perdido un hijo o una hija. No existe en el diccionario forma alguna de nombrar esta clase de situaciones de pérdida. Y si encima eres madre o padre de un “bebé estrella”, en muchas ocasiones ni siquiera se te reconoce como tal socialmente, porque esa criatura queda invisibilizada a los ojos del resto del mundo: no ha tenido tiempo de ser presentada en comunidad, de crear recuerdos, de tejer memoria familiar. Sin embargo, para esas madres o para esos padres, su bebé ya existía, ya se le quería, ya habitaba en sus vidas…, ya ha dejado huellas, aunque éstas sean diminutas.

El duelo por la muerte de una criatura durante el embarazo o después del parto forma parte de esos procesos de pérdida no reconocidos socialmente: son los llamados “duelos desautorizados”. Es muy común que ante este tipo de situaciones, las personas cercanas a una mujer o pareja que ha pasado por esta terrible experiencia, quieran consolar su dolor con frases bienintencionadas, pero terriblemente desafortunadas como “no pasa nada, ya tendréis otro”, “estabas de poco tiempo embarazada, ya te quedarás de nuevo”, “mejor que haya pasado ahora que no una vez hubiera nacido”, “si no ha tenido que ser por algo será”… E incluso en muchas ocasiones  ni siquiera hay palabras de consuelo y el silencio lo inunda todo: se elude la conversación y se hace ver como si nada hubiera pasado…, resulta incómodo sostener este tipo de situaciones…

El dolor que supone la llegada de la muerte cuando se está esperando vida es un verdadero temblor de tierra para quienes lo viven en primera persona. No forma parte de la lógica que nos han hecho creer en esta sociedad de mitos idílicos, entre ellos la maternidad. Nos han dicho que en algunos casos, como en estos, la muerte es “contra natura” porque no hay razón humana que justifique que un hijo o una hija se vayan antes que tú, y mucho menos que se pueda morir incluso antes de nacer… ¡Pero qué clase de despropósito es ese! Y sin embargo, sí, la muerte existe por sí misma, no necesita justificación y mucho menos una razón para actuar. Simplemente ES, sin más. No va en contra del orden natural, porque quizás sea el elemento de la naturaleza más claro y universal que existe.

Por eso nos es tan tremendamente difícil acompañar este tipo de duelos: porque se salen del entendimiento y del juicio que consideramos “normal”, y porque al final, como en cualquier proceso de pérdida de alguien conocido, nos vemos reflejados en él con nuestros propios duelos, con nuestros propios dolores, con nuestras propias pérdidas. Son, al fin y al cabo, diferentes los caminos que recorre cada cual, pero muchos los lugares comunes que compartimos.

Y qué importante es esto de ACOMPAÑAR: estar al lado, estar atento a las necesidades del otro, sin juzgar sus emociones, escuchando, si puede ser sin hablar demasiado; en esta ocasión utilizando el silencio como un elemento con el que acoger al otro sin eludir su sufrimiento, abrazando con el cuerpo y con el alma. En definitiva “estando” sin invadir, respetando los ritmos y los tiempos de cada cual, sin prisa, aceptando que, aunque queramos, no podemos ahorrar el dolor a la persona querida que tenemos delante y que lo está pasando mal. Que quizás lo que más necesite esa persona en ese momento de desconsuelo es precisamente el reconocimiento de su pena, y que unas lágrimas que no son las suyas resbalen también como forma de acompasar la tristeza y expresar que lo que está experimentando vale la pena ser llorado.

Son muchos, y cada vez más, los Grupos de Ayuda Mutua que hay por todo el territorio nacional que tratan específicamente el acompañamiento al duelo gestacional y neonatal. Cada vez son más las asociaciones y proyectos que trabajan para visibilizar la muerte perinatal en nuestro país, ya que todavía sigue siendo un gran tabú en nuestra sociedad. De hecho, el 15 de octubre es cuando se conmemora el Día internacional de la Muerte Gestacional y Neonatal, y son numerosos los actos que se celebran en esta fecha para recordar a las “estrellas” que muchos de nosotros hemos aprendido y estamos aprendiendo a mecer.

Y por eso me hace muchísima ilusión presentar en sociedad una “criatura” que justamente nació en octubre del 2020: la Red de Acompañamiento para familias y mujeres en duelo por pérdida gestacional y neonatal de Castilla-La Mancha y que lleva por nombre “Meciendo Estrellas”. La vida nos cruzó meses atrás con Rebeca, una mamá en duelo de Guadalajara, que comenzó a moverse para organizar las “II Jornadas sobre muerte gestacional y neonatal” en nuestra región, y de esta manera nos embarcamos con ella en esta aventura de intentar acompañar a aquellas personas que están viviendo procesos de pérdida por la muerte durante el embarazo o después del parto.

En Castilla-La Mancha la iniciativa ha estado muy bien acogida, y cada vez son más los “amigos” de la red (entre familias, personal sanitario del área de reproducción sexual y trabajadores/as del área de salud mental) que se están sumando a ella para crear todo un sistema de apoyo y acompañamiento, además de ofrecer formación a profesionales que de forma directa o indirecta en alguna ocasión se encuentran con casos de muerte gestacional y neonatal de quienes están viviendo este drama y han de iniciarse en esa inimaginable tarea de aprender a “mecer estrellas”.

Aquí os dejo nuestro cartel presentación:

Carta de agradecimiento a lxs profesionales sanitarixs de la Maternitat del Hospital Clínic de Barcelona

Esta fue la carta que escribimos dos meses después de despedirnos de Lúa… Es bonito recordar…, y compartir…

Cerdanyola del Vallés, 1 de Junio de 2.018


El 17 de abril de 2018, a las 20:25h, nacía nuestra hija Lúa en la Maternitat del Hospital Clínic de Barcelona. En ese mismo instante, al tempo que le dábamos la bienvenida con un amor infinito, nos despedíamos de ella con un dolor que todavía nos cuesta describir y que no sabemos si en algún momento podremos ponerle palabras… Quizá no hace falta,…


Cuatro días antes nos confirmaban más detalladamente lo que la ecografía que se realiza alrededor de las veinte semanas ya apreciaba: Lúa se había desarrollado con severas malformaciones a nivel cerebral. Ante tal situación decidimos interrumpir el embarazo de casi cinco meses y medio.


Desde entonces apenas estamos dejando atrás la cuarentena que se inició con el parto de nuestra pequeña, y todavía sentimos que nuestro reloj se quedó parado con su tan repentina llegada y partida. Nos está costando entender aquella máxima que decía el poeta de que “uno sólo conserva lo que no amarra”. Y en ese “dejar ir”, en ese proceso de aceptar que hay que “convertir su ausencia en una presencia interna” (tal y como rezaba en el papel que nos dieron con las huellas dactilares de los pies de Lúa) estamos seguros que nuestro camino a partir de entonces se hubiera hecho muy cuesta arriba sin la actitud de acompañamiento y profesionalidad de todo el equipo sanitario de la Maternitat.


En una situación como la que hemos experimentado a veces cuesta mirar hacia otro lugar que no sea nuestro propio dolor. Sin embargo en aquellos días pudimos sentir el calor y la mirada atenta de doctoras, enfermeras, matronas, camilleros,… que con sus gestos y palabras expresaban una aflicción contenida capaz de alcanzar algo que para nosotros era muy importante en esos momentos tan difíciles: sentirnos reconocidos en nuestra maternidad y paternidad, y sobre todo, en nuestra pena. Creemos esencial subrayar en este punto la necesidad de confeccionar y organizar, así como seguir desarrollando, protocolos de intervención en casos de muerte gestacional y perinatal.


Sabemos que desgraciadamente estos protocolos no existen en otros hospitales, ya sea por falta de recursos o porque todavía no se le da la importancia suficiente que implica este tpo de pérdidas. Erróneamente se piensa que lo que “no se ha conocido” no duele tanto como para ser añorado. Sin embargo, y desafortunadamente, la experiencia de muchas familias nos puede explicar el dolor que envuelve la despedida de una criatura que ha sido, en muchos casos, pensada y querida incluso antes de ser buscada; lo que supone dejar marchar también un proyecto de vida inconcluso y, finalmente, dar por terminado el embarazo de una madre que genera un vínculo con su hijo o hija muy difícil de romper. Tres duelos en uno que merecen ser acogidos y mirados con delicadeza.


Y es por eso, por esa manera de acoger y por esa delicadeza, que queremos dar las gracias a todo el equipo de la Doctora Eixarch. No somos del todo conscientes de lo difícil que debe ser dar una información que en muchos casos significa el final de una ilusión muy esperada, y atender al mismo tempo las dudas y temores de las personas que padecen esta pérdida. Gracias, de verdad, por esa forma de “tragar saliva” ante situaciones tan complicadas.


Guardamos también un dulce recuerdo de las dos “Raqueles”: ese par de enfermeras maravillosas que iniciaron el tratamiento del parto provocado a nuestra llegada al hospital. Gracias por los zumos de manzana y las palabras de consuelo con acento cubano.


A las profesionales de planta que no dejaban de pasar constantemente por la habitación preocupándose por nuestro estado y preguntando aquello de “Del uno al diez, ¿cómo dirías que es el dolor que sientes, Ana?”. Así se hacían una idea del desarrollo del proceso de dilatación y contracciones, siendo conscientes que ese dolor no podía medirse,…, porque es infinito,…


Y por supuesto, gracias a las matronas que nos asistieron en el paritorio por el amor y la exquisitez en la manera de recoger a Lúa en sus brazos, limpiarla y devolvérnosla envuelta en una sábana verde y con un gorrito improvisado de tela de gasa. No olvidaremos jamás la ternura con la que nos dejásteis todo el tempo del mundo para poder despedirnos de la pequeña. La misma ternura con la que nos explicásteis lo difícil que resulta asistir nacimientos en donde la vida y la muerte comparten una misma y única fecha. “Esto no nos lo enseñan en la facultad…” decíais…, pues estaría bien empezar a hablar del tema…


De verdad, no hay palabras para agradecer la atención y el cariño de todo el equipo sanitario y profesional que estuvo a nuestro lado. Gracias por convertir lo que a priori es un frío hospital en un verdadero espacio de cuidado.


Al final, la vida es aquello que te va llevando por caminos por los que jamás piensas que podrías transitar. A nosotros en esta ocasión nos ha arrastrado al mundo de la pérdida de una niña de veintiuna semanas de gestación. Un mundo, el del duelo gestacional, que en muchas ocasiones se silencia, se le quita importancia o directamente no se mira.


Finalmente queremos aprovechar esta oportunidad para hacer una demanda de carácter más institucional al Hospital Clínic: sería genial poder constituir dentro del seno de la Maternitat un grupo de ayuda al duelo formado por y para personas que necesitan compartir su experiencia con otras que hayan o estén pasando por la misma situación, así como poder crear un espacio de encuentro entre profesionales y familias para trabajar conjuntamente en la reflexión en torno a la muerte gestacional y perinatal. Si en alguna ocasión surge la posibilidad de llevarlo a cabo, estaríamos encantados de poder formar parte y echar un cable en lo que haga falta.


De nuevo, mil gracias.


Ana Mª Martínez Rubio
Enrique Rodríguez García

Duelo por infertilidad

¡Qué gustazo colaborar a través de SinMapa con su proyecto “La Geometría del Ombligo“, con gente tan potente y tan bonita como la que trabaja en Anhel Vallès en la visibilización de los diferentes duelos relacionados con la maternidad!

En este caso hablamos del duelo por infertilidad donde familias comparten su testimonio y nos explican cómo han vivido el dolor que acompaña este tipo de procesos emocionales …

Versión castellana:

Versión catalana:

La máscara más pequeña del mundo

Ahora que las mascarillas higiénicas se han puesto de moda debido a esta inesperada pandemia que el karma nos tenía guardada, que nos estamos dando cuenta de lo infinitamente incómodo que  resulta llevarlas en el día a día y que somos conscientes de lo tremendamente difícil que es comunicarse con el resto del mundo cuando un trozo de tela «polipropilénica» te tapa gran parte del rostro, vengo yo este mes a deciros que conozco una máscara maravillosa que podría ser uno de los remedios más maravillosos para salir de este pozo de malestar emocional y social cuando por fin volvamos a «tener permiso» para estar juntos sin guardar distancias.

Si desgraciadamente la pandemia nos ha enseñado a mantenernos lejos incluso de aquellos que más queremos, en la era del post-coronavirus va a ser esencial gestionar ese miedo «al otro» y ese miedo «al estar cerca» que inevitable y lógicamente se han generado por culpa de la presencia del COVID-19. Y es que el verdadero reto después de esta insólita epidemia va a ser «desaprender» todo aquello que ha sido necesario aprender para poder sobrevivir y volver a confiar en la vida. Volver de nuevo a dar espacio a esos anhelados abrazos, a esos deseados besos y a esas ganas de acortar distancia que en todo este tiempo ha significado un peligro para nuestra integridad física. Abrazos y besos que no son otra cosa que el alimento del alma que el ser humano necesita para seguir desarrollándose y evolucionando como tal.

A esta máscara tan peculiar de la que hoy os quiero hablar se le llama «la máscara más pequeña del mundo» ya que oculta únicamente la nariz de nuestro rostro. Tiene poderes realmente increíbles y es una paradoja en sí misma, puesto que al utilizarla se produce el efecto contrario a lo que a priori, se supone, se quiere conseguir cuando uno la usa: en vez de ocultarte tras ella, ponértela supone asumir el riesgo de «enseñarte» más allá del propio físico. Ponerte la nariz de payaso, esa máscara tan pequeña, implica estar dispuesto a enseñarse a uno mismo tal y como es, con las emociones que nos acompañan en cada momento. Mostrarnos con nuestras fortalezas, pero también con nuestra vulnerabilidad. Vulnerabilidad que hemos aprendido a ocultar en nuestro día a día y que con tanto trabajo y esfuerzo nos empeñamos en esconder para reafirmarnos en nuestro ego, huyendo de la debilidad y del miedo a los juicios y presiones externas, muchas veces autoimpuestas.

Por eso esta nariz roja es mágica. Porque nos ayuda a huir de ese «Pepito Grillo» que todos tenemos dentro, y nos lleva hacia un lugar en donde, como decía aquel, «lo esencial es invisible a los ojos», y no nos importa ser nosotros mismos sin más. Nos ayuda a conectarnos de nuevo con esa cualidad que en muchas ocasiones el paso del tiempo va difuminando de nuestro sentir y que no es otra cosa que las ganas de seguir descubriendo el mundo, desde la poderosa mirada atenta, receptiva, siempre positiva. Porque todo es un SÍ rotundo. Incluso la posibilidad de fracasar es acogida con ganas, como una oportunidad de aprendizaje más que como una derrota o una frustración.

Dejar salir el payaso que uno lleva dentro es una experiencia maravillosa de autoconocimiento. Nos devuelve la posibilidad de enternecernos y sorprendernos con nosotros mismos. Nos permite contemplar la vida desde lo sencillo, desde lo natural. Y lo hace a través de otras de las cualidades que vamos olvidando conforme vamos creciendo: el jugar. Si contemplamos detenidamente una criatura pequeña, nos damos cuenta cómo mediante el juego consigue ir interpretando el mundo y el entorno donde vive, y le ayuda a aprender a relacionarse, asumiendo formas de convivencia y maneras de vincularse con el resto de iguales.

Esta peculiaridad tan humana, la de jugar como mecanismo de aprendizaje, es una herramienta universal de comunicación y expresión. A través del juego podemos tratar cualquier tema sin prejuicios y sin tabúes, y es un medio ideal para abordar cuestiones y materias complicadas de afrontar, siempre desde el máximo respeto que es como se hace todo en la filosofía payasa, y más que eso, con el placer inmenso que el jugar por jugar otorga.

Otra de las características que definen el trabajo a través del payaso, y para mi una de las más importantes, es que el propio cuerpo es clave en la expresión, sobre todo emocional. Expresarse físicamente y posicionar el cuerpo como un epicentro esencial de comunicación, lo convierten en un elemento universal de conocimiento personal y una hermosa forma de lenguaje para compartir con el resto.

Y es que el payaso no actúa. El payaso ES. No interpreta ningún papel. Se muestra con sus imperfecciones y con sus aciertos delante de un público que también forma parte de su entorno puesto que, a diferencia del teatro, no hay una cuarta pared. El Clown (como también se le llama al payaso) contempla infinitas posibilidades, miradas y formas de valorar una misma realidad y hace un constante trabajo de improvisación maravilloso. Esta versatilidad le confiere una capacidad enorme de enfrentarse a las dificultades de múltiples maneras. Porque para el payaso no existe la perfección, y por tanto no existe una única forma de resolver un conflicto. Su imperfección la tiene totalmente asumida y en muchas ocasiones puede ser como un verdadero motor de cambio y búsqueda de nuevas oportunidades.

El objetivo del Clown, más allá de hacer reír, es HACER SENTIR. Está abierto a la experimentación con sus propias emociones, y sobre todo, dispuesto a mostrarlas y compartirlas con los demás. Es coherente en cada momento con lo que siente porque no se juzga, y por tanto, está lleno de espontaneidad. Es un ser curioso y con la necesidad de participar y compartir cada uno de sus descubrimientos. Es ese dar y recibir que supone estar abierto a todo lo que pueda pasar, improvisando a cada momento, lo que le hace estar y sentirse vivo. La aceptación sana de todo aquello que va experimentando y el hecho de buscar de forma inagotable diferentes alternativas, le hacen ser un ser especial, conectado consigo mismo y con sus emociones de forma directa y saludable.

Son muchas las razones que hacen del trabajo a través del Clown un instrumento de auto aprendizaje poderoso, enormemente educativo, y sin querer pretenderlo, extremadamente terapéutico: dejarse llevar por ese ser misterioso y ávido de conocimiento resulta muy liberador, puesto que nos ayuda a contemplar la existencia sin más filtros que las propias emociones y los sentimientos más profundos.

Así que, si en alguna ocasión os animáis a experimentar con otra máscara que no sea la que nos ha tocado usar en tiempos de pandemia, esa máscara más pequeña del mundo, la de color rojo, no os olvidéis que estáis entrando en un mundo maravilloso en donde todo es juego. Un mundo en donde el verdadero reto no es el de «hacer payasadas». El verdadero reto es ser uno mismo y no tener miedo ni vergüenza a mostrarlo.