La historia del sapito muerto

Ayer de camino a casa de los yayos en el pueblo, nos encontramos un pequeño sapo muerto en medio de la calzada. Todo indicaba un atropello de coche. Leo se quedó callado mirando el animal, pensativo. La naturaleza tiene eso: te da la oportunidad de tratar temas de forma espontánea, de manera natural…, valga la redundancia…

Y así, aprovechando la circunstancia, le dije con ánimo pedagógico: “Mira Leo, el sapo se ha muerto. Parece que lo ha pillado un coche y cómo andaba despistado no le dio tiempo de apartarse de la carretera”, haciendo énfasis en lo importante de la seguridad vial y teniendo en cuenta la predilección de lxs niñxs de dos años de salir corriendo sin mirar si pasan coches (a  lo que por supuesto Leo no es ajeno).

Sin dejar de observar el sapo, y tras unos segundos todavía ensimismado, contestó: “Está muerto como la Lúa”.

Hace un tiempo que empezamos a hablarle de su hermana a través de su caja de recuerdos, de su foto, de todo aquello que nos recuerda a ella. De hecho creo que  nunca nos planteamos “empezar a hablar de Lúa con él” sino que simplemente lo hacemos, también, de manera natural.

Me quedé sorprendida de su pensamiento hecho palabras porque parecería que las veces que había surgido el tema de Lúa no prestaba demasiada atención. No tardé en contestarle: “Sí cariño, la Lúa se murió porque estaba muy, muy, muy y muy malita cuando estaba en la pancha de la mamá”.

Acto seguido dibujó esa sonrisa de pillo que lo caracteriza en su cara, y acompañándola con grandes carcajadas, sentenció: “A la Lúa la ha pillado un coche. La Lúa es un sapito”. Se me abrieron los ojos de par en par y no pude hacer otra cosa que acompañarlo en esas primeras risotadas infantiles que saben que están haciendo una broma y que no paran de repetirla una y otra vez, contestando también a modo de enfado chistoso a cada una de sus reiteraciones con un: “¡Pero que la Lúa no es ningún sapito!” poniendo las manos en jarra y dándole pie a perpetuar el chascarrillo hasta que llegamos a casa de los yayxs.

Me emociono recordando la escena y me pregunto en qué momento de la vida la muerte pasa a ser un tabú, mientras imagino a Lúa dando saltos delante de su hermano pequeño, deleitando sus deseos de verla hacer de sapito mientras ríen y juegan juntos. 

Buenos Deseos para el 2022

Deseamos un 2022 en donde la atención en el acompañamiento de los procesos de muerte perinatal y atención al duelo sea integral, respetuosa y humanizada.

Con esta Carta a los Reyes Magos, un grupo de compañeras profesionales y mamás en duelo queremos seguir dando visibilidad a todos los Buenos Deseos que, en forma de propósitos para el año nuevo, forman parte de los principales objetivos a cumplir en el ámbito de la atención al duelo perinatal.

Vientres de Cristal

De vez en cuando la vida nos ofrece la oportunidad de hacer algo bien bonito, como es el montaje de este video de la preciosa canción de Nuri Total «Ventre de Cristall», esta vez a través de Anhel: Associació de famílies en dol del Vallès.

Un tema que visibiliza el duelo gestacional y que muy amablemente Nùria nos ha dejado, colaborando en este video en el Día Internacional de la Visibilización de la Muerte Gestacional y Neonatal, 15 de octubre, junto con el músico Gregori Ferrer.

La vida “SLOW”

Llegó la primavera y con ella el florecimiento y la abundancia. La naturaleza parece despertar poco a poco ofreciendo un maravilloso espectáculo de colores, sonidos y luces de diferente intensidad conforme el día va pasando. Resulta asombroso ser testigo de todas estas escenas cotidianas cuando se vive en un entorno rural. Y es extraordinario básicamente porque se disfruta de dos factores que se producen de forma simultánea aunque a priori parezcan discordantes: la consciencia del presente y la consciencia del paso del tiempo.

Ser consciente del presente tiene que ver con eso que llaman “el SER”: conectar con la esencia de uno mismo, con ese no sé qué inalterable que perdura a través de los años. Es esa condición tan humana que nos permite vincularnos con todo lo que nos rodea a través de lazos invisibles que generalmente están relacionados con emociones de la infancia, de cuando todo se vivía en el momento, sin proyecciones al pasado ni al futuro. El presente como un vértice de tiempo eterno, que en su propia perennidad, permite darse cuenta de uno mismo y de lo que siente, de su respiración, de su pulso y de su mente. Pero a la vez resulta ser un intervalo tan sumamente corto, que la consciencia del SER transcurre en pequeños instantes, a veces en forma de reminiscencias del pensamiento o recuerdos afectivos.

Por su parte, la consciencia del paso del tiempo está íntimamente relacionada con “el ESTAR”: dejarse llevar con el trascurrir de los latidos del reloj, viviendo cada uno de los segundos con total claridad. Significa observar que nuestro cuerpo va moldeándose respecto al vaivén de la vida. Que en las comisuras de los labios y en el contorno de los ojos se comienzan a ver pequeños surcos fruto de la historia de la cronología de nuestra piel. Que empezamos a poder hablar con ese “recuerdas cuando…”, también traspasado por las grietas que el tiempo va dejando. Es ese “ESTAR” que va modificando nuestra manera de ver y contemplar el mundo, sobre todo a través de la experiencia que supura en cada una de las cicatrices que la vida nos ha ido marcando. Un continuo replanteamiento de nuestras creencias e ideas que algunos atribuyen a eso llamado “madurez” o el camino hacia “el hacerse mayor”: se pierde energía pero se gana sabiduría…, casi siempre…

El “SER” y el “ESTAR” conviven de forma unísona cuando se añade un ingrediente que consiente que ambas se revelen nítidamente a través de nuestra consciencia. Un ingrediente que permite poder disfrutar de forma paralela de “presentes eternos” y del “devenir de las horas”: la LENTITUD. Si no fuera por este maravilloso componente que corona el ir poco a poco, sería imposible poder tener rastro de ninguna de las dos.

Precisamente en estos días de ambiente primaveral es cuando la lentitud se manifiesta en todo su esplendor procurando así que el conjunto de “seres” y “estares” que forman parte del mismo convivan en armonía: cada día un poco más las higueras van ganando en frondosidad, al principio en forma de diminutas yemas y de manera paulatina con hojas cada vez mayores. Así mismo ocurre con las parras o con los capullos de futuras flores que poquito a poquito se van abriendo enseñando los pétalos de diferentes colores; o con los huevos de los nidos que ahora se están incubando y que dentro de poco empezarán a romperse asomando nuevos graznidos y chillidos de polluelos recién llegados al mundo. Y sin embargo, a cada uno de estos acontecimientos les pertenece un instante de perpetuidad, de permanencia inalterable.

No es por tanto extraño que desde hace ya algunas décadas se hable del denominado “Movimiento Slow” que vendría a ser “Movimiento lento” en su traducción. Es una tendencia sociocultural que aboga por el desarrollo y la sostenibilidad a través de hacer las cosas como bien reza aquella canción del verano: “Des-pa-ci-to…” Un tipo de filosofía que defiende un uso cada vez más consciente del tiempo y que se refleja en diferentes ámbitos, desde la manera de concebir la industria alimentaria, pasando por cómo repensamos las organizaciones sociales y culturales para que estén cada vez más acordes con entornos limpios y respetuosos con el medio ambiente, así como nos invita a reflexionar sobre alternativas a las formas de consumo actual que se están generando y llevando a cabo.

Porque al final, el ir despacio, el ir más lento, no deja de ser una oportunidad de volver a conectar con las cosas importantes que en ocasiones pasan desapercibidas, pero que son fundamentales para perpetuar la vida y todo lo que significa. Como le dijo el zorro al Principito, “lo esencial es invisible a los ojos” y seguramente también se refería a la importancia de ser conscientes del presente y del paso del tiempo cuando dejamos que éste nos conquiste poco a poco, lánguido, pausado…

La inmediatez, la rapidez en los procesos y la urgencia a la hora de hacer las cosas nos roba el tiempo porque lo hace imperceptible, insensible. La prisa no nos deja “ser” ni “estar”. Esclavos del “ahora mismo”, del “ya”, vivimos en una dimensión temporal caracterizada por intervalos espasmódicos que impiden apreciar el tomar consciencia en cada una de las actividades realizadas, como cuando un niñx pequeñx juega y se concentra en aquello que está haciendo de forma intensa, aprendiendo, disfrutando, experimentándolo.

La “filosofía slow” reivindica el ir lento pero sin abogar a la pereza, más bien al contrario. Defiende la acción, la alienta, pero poniendo en ella toda nuestra percepción, escogiendo bien que es aquello que potencia nuestro desarrollo y crecimiento personal. Contempla una cultura, tal y como titula el libro de Carl Honore, de “Elogio de la lentitud”, frente a lo vertiginoso, la vida acelerada.

En estos días de primavera, todo está floreciendo despacio, poco a poco, pero sin pausa. Y es un gusto poder parar, cerrar los ojos, sentir el olor a hierbabuena recién cortada, escuchar los sonidos de la abundancia…, mientras se acompasa nuestro pulso a este ritmo de la naturaleza para poder “ser” y “estar”.

Aprendiendo a mecer estrellas

Existe una manera de realizar el rol de madre o padre que desafortunadamente pasa totalmente desapercibida. Pasa inadvertida entre la diversidad cultural que supone el ejercicio de vincularse y cuidar, en este caso, a esos seres diminutos que vienen a ser nuestras hijas y nuestros hijos. Son esas maternidades o paternidades que han aprendido a desplegar todas sus capacidades respecto a la tarea de proteger y arropar de una forma que jamás habían imaginado: meciendo estrellas.

Resulta una ardua tarea esto de aprender a “mecer estrellas”, porque requiere enfrentarse, primero de todo, a un proceso de duelo que comporta asimilar el dolor de la pérdida de algo muy querido. Y en segundo lugar, supone caminar por una montaña rusa de emociones, algunas encontradas, otras contradictorias, hasta aceptar que la vida a veces toma rumbos inesperados y que una no siempre está preparada a hacer frente a sus vaivenes. Y en cualquier caso, “mecer estrellas” es afrontar una transformación personal no elegida, de la que no puedes huir porque, sin darte cuenta, has dejado de ser la misma persona que antes de haber perdido la inocencia: aquella ingenuidad de la madre o padre que cree que sobrepasadas las doce primeras semanas de embarazo, todo va a ir bien y no hay ningún peligro.

Me refiero a esas madres o esos padres que salen del hospital con los brazos vacíos, y en el caso de ellas, con los vientres desiertos tras haber albergado vida. Unos seres destrozados tras haber escuchado esa terrible frase que reza aquello de “no hay latido”, o que ya es la cuarta o quinta vez que sufren una pérdida gestacional de primer trimestre. Destrozados porque descubren que su “boleta” padece una enfermedad “incompatible con la vida” y han de tomar una decisión, o que una infección ha provocado un parto prematuro y la criatura prácticamente no tiene posibilidades de sobrevivir. Son las madres o padres de los llamados “bebés estrellas”: aquellos que mueren antes o al poco de nacer. Para éstos últimos también existe el término “bebés mariposa”.

Sea cual sea la denominación que se les quiera poner a estos bebés, lo que está claro es que todavía no hemos conseguido poner nombre a la experiencia de haber perdido un hijo o una hija. No existe en el diccionario forma alguna de nombrar esta clase de situaciones de pérdida. Y si encima eres madre o padre de un “bebé estrella”, en muchas ocasiones ni siquiera se te reconoce como tal socialmente, porque esa criatura queda invisibilizada a los ojos del resto del mundo: no ha tenido tiempo de ser presentada en comunidad, de crear recuerdos, de tejer memoria familiar. Sin embargo, para esas madres o para esos padres, su bebé ya existía, ya se le quería, ya habitaba en sus vidas…, ya ha dejado huellas, aunque éstas sean diminutas.

El duelo por la muerte de una criatura durante el embarazo o después del parto forma parte de esos procesos de pérdida no reconocidos socialmente: son los llamados “duelos desautorizados”. Es muy común que ante este tipo de situaciones, las personas cercanas a una mujer o pareja que ha pasado por esta terrible experiencia, quieran consolar su dolor con frases bienintencionadas, pero terriblemente desafortunadas como “no pasa nada, ya tendréis otro”, “estabas de poco tiempo embarazada, ya te quedarás de nuevo”, “mejor que haya pasado ahora que no una vez hubiera nacido”, “si no ha tenido que ser por algo será”… E incluso en muchas ocasiones  ni siquiera hay palabras de consuelo y el silencio lo inunda todo: se elude la conversación y se hace ver como si nada hubiera pasado…, resulta incómodo sostener este tipo de situaciones…

El dolor que supone la llegada de la muerte cuando se está esperando vida es un verdadero temblor de tierra para quienes lo viven en primera persona. No forma parte de la lógica que nos han hecho creer en esta sociedad de mitos idílicos, entre ellos la maternidad. Nos han dicho que en algunos casos, como en estos, la muerte es “contra natura” porque no hay razón humana que justifique que un hijo o una hija se vayan antes que tú, y mucho menos que se pueda morir incluso antes de nacer… ¡Pero qué clase de despropósito es ese! Y sin embargo, sí, la muerte existe por sí misma, no necesita justificación y mucho menos una razón para actuar. Simplemente ES, sin más. No va en contra del orden natural, porque quizás sea el elemento de la naturaleza más claro y universal que existe.

Por eso nos es tan tremendamente difícil acompañar este tipo de duelos: porque se salen del entendimiento y del juicio que consideramos “normal”, y porque al final, como en cualquier proceso de pérdida de alguien conocido, nos vemos reflejados en él con nuestros propios duelos, con nuestros propios dolores, con nuestras propias pérdidas. Son, al fin y al cabo, diferentes los caminos que recorre cada cual, pero muchos los lugares comunes que compartimos.

Y qué importante es esto de ACOMPAÑAR: estar al lado, estar atento a las necesidades del otro, sin juzgar sus emociones, escuchando, si puede ser sin hablar demasiado; en esta ocasión utilizando el silencio como un elemento con el que acoger al otro sin eludir su sufrimiento, abrazando con el cuerpo y con el alma. En definitiva “estando” sin invadir, respetando los ritmos y los tiempos de cada cual, sin prisa, aceptando que, aunque queramos, no podemos ahorrar el dolor a la persona querida que tenemos delante y que lo está pasando mal. Que quizás lo que más necesite esa persona en ese momento de desconsuelo es precisamente el reconocimiento de su pena, y que unas lágrimas que no son las suyas resbalen también como forma de acompasar la tristeza y expresar que lo que está experimentando vale la pena ser llorado.

Son muchos, y cada vez más, los Grupos de Ayuda Mutua que hay por todo el territorio nacional que tratan específicamente el acompañamiento al duelo gestacional y neonatal. Cada vez son más las asociaciones y proyectos que trabajan para visibilizar la muerte perinatal en nuestro país, ya que todavía sigue siendo un gran tabú en nuestra sociedad. De hecho, el 15 de octubre es cuando se conmemora el Día internacional de la Muerte Gestacional y Neonatal, y son numerosos los actos que se celebran en esta fecha para recordar a las “estrellas” que muchos de nosotros hemos aprendido y estamos aprendiendo a mecer.

Y por eso me hace muchísima ilusión presentar en sociedad una “criatura” que justamente nació en octubre del 2020: la Red de Acompañamiento para familias y mujeres en duelo por pérdida gestacional y neonatal de Castilla-La Mancha y que lleva por nombre “Meciendo Estrellas”. La vida nos cruzó meses atrás con Rebeca, una mamá en duelo de Guadalajara, que comenzó a moverse para organizar las “II Jornadas sobre muerte gestacional y neonatal” en nuestra región, y de esta manera nos embarcamos con ella en esta aventura de intentar acompañar a aquellas personas que están viviendo procesos de pérdida por la muerte durante el embarazo o después del parto.

En Castilla-La Mancha la iniciativa ha estado muy bien acogida, y cada vez son más los “amigos” de la red (entre familias, personal sanitario del área de reproducción sexual y trabajadores/as del área de salud mental) que se están sumando a ella para crear todo un sistema de apoyo y acompañamiento, además de ofrecer formación a profesionales que de forma directa o indirecta en alguna ocasión se encuentran con casos de muerte gestacional y neonatal de quienes están viviendo este drama y han de iniciarse en esa inimaginable tarea de aprender a “mecer estrellas”.

Aquí os dejo nuestro cartel presentación: